Antes que nada decirte que, muy probablemente lo que encuentres sea una asquerosidad gracias a la lluvia o quizá ni tan siquiera esté ahí, pero bueno, fue divertido.
Fui esta tarde a la plaza, dando un paseo. Tenía pensado pegarlo bajo un banco, con celo. Lo intenté, pero parece ser que la piedra, ya sea por ser porosa o por lo que sea, estaba empapada por todas partes. Fue imposible, se despegaba. Me sentí como una terrorista frustrada, metiendo la mano con disimulo, debí resultar patética.
Busqué por todas partes, pero no se me ocurría nada... Pasé media hora, o puede que una, sentada en un banco que hay junto a la fuentecita esa, ya sabes, la que encuentras a mano izquierda si vienes desde río. Con el paraguas, sentada en un banco encharcado... cualquiera que me viese se pensaría que me habían plantado.
Hasta que la vi. Pensé que el teléfono estaba a salvo, y que la cabina sería un buen sitio. Así que me acerqué y preparé un chicle. Hice como si fuese a llamar. Metí la mano en el bolso, como si buscara monedas, mientras cortaba un cacho de celo con las tijeras (sí, iba preparada). Me empecé a emparanoiar por si las tijeras se habían asomado un poco y parecía algo raro (un cuchillo o algo). Luego pensé en ponerlo donde se coge el cambio, pero enseguida me pareció una estupidez, aunque lo pegara en la parte de arriba podría caerse o podrían quitarlo. Decidí pegarlo arriba de la máquina, pero estaba un poco alto y yo soy baja, así que quedó un poco extraño que estirara tanto el brazo. Para más inri no conseguía que se pegara bien... pero como estaba plano decidí dejarlo. Especialmente al girarme y ver un señor mayor observándome. ¿Sería el típico jubilado que se aburre y baja a la zona transitada más cercana? Lo parecía ¿Qué pensaría de mí? ¿Sentiría curiosidad y esperaría a que me fuese para ver qué había dejado? De repente se fue, no sé si disimulaba, se desentendía, no se había percatado o iba a llamar a la policía por si las moscas... Así que disimulé, colgué el teléfono (sí, hacía maniobras con el paraguas en una mano, el chicle en la otra y el teléfono encajado en el cuello), miré mi móvil (debe ser instintivo mirarlo cuando te pones nervioso) y me fui alejando. En la de al lado había un señor hablando. Me alejé, hacia la torre de M. y de repente me di cuenta que había un policía ahí, de pié, justo mirando hacia la cabina. Me metí por una callejuela y giré para volver a ver qué pasaba con ella. El señor que me había estado mirando ya no estaba. En cambio, otro hombre se había acercado a llamar en la cabina donde lo había dejado. Me quedé hasta que se fue, para asegurarme de que no pasaba nada raro. Ahora que lo pienso, ¿qué iba a pasar? El policía empezó a andar hacia la cabina, pero se desvió hacia un lado. ¡Qué susto!
Al final, ¿quién sabe? Quizá siga ahí. Desde luego no te recomendaría probarlo, no está bien protegido y ha hecho un día de perros. Un día soleado te lo compensaré dejándote uno en buen estado.
Me marché al tren, lo perdí por poco pero no tardó en llegar otro. El tren estaba calentito, menos mal. Al final llegué a las siete a casa. Quizá podría haber esperado a mi novio, sale a esa hora. Podríamos haber vuelto juntos. Pero me apetecía ir en tren.
Disfruta de tu "fin de semana".
M.
PD: Está sobre el teléfono de la derecha, si llegas desde el río. El más cercano al edificio D.
Esto no es un panfleto destinado a la lucha contra el hambre ni al apoyo al refugiado saharahui, tampoco se aceptarán aportaciones al tercer mundo ni donaciones de sangre así como de órganos vitales. Puja Rat!
martes, 30 de noviembre de 2010
La misión (2ª parte)
Amaneció tímidamente soleado. No hacía frío, tal vez se podía sentir un frescor suave como el de una loción. Era como si la calma del Pacífico se hubiera instalado justo en medio de la ciudad. Hacía un día de esos en los que si por casualidad se te apareciera el diablo, le concederías el beneficio de la duda. Pero en lo que no dudé ni un minuto fue en coger el primer 32 camino al centro. Hasta las viejas del transporte público me parecían menos irritantes que de costumbre. Llegué a cerrar los ojos durante un rato, la noche anterior había sido épica y etílica al mismo tiempo. Sólo un leve escalofrío se escapaba de mis huesos, por el resto no había resaca alguna. La poca velocidad, sumada al leve balanceo del autobús, me hizo tener la sensación de cruzar en barco el antiguo cauce del río T.
Bajé en la última parada, fui caminando hasta la Plaza del A. Había bastante gente, algo que no me importó, hasta pensé que me convenía permanecer en medio del tumulto para pasar inadvertido. Sin embargo, hacia la mitad, pasado el edificio de C. había cámaras de televisión grabando a un tipo escuálido y sonriente que intentaba entrevistar a los viandantes con un micrófono más grande que su cabeza. No conseguía parar a ninguno, supongo que se asustaban al ver un enorme micrófono apuntándoles con una boca detrás, sobresaliendo por los lados. Pensé que seguro me acabaría por enganchar a mí, para estas cosas tengo muy mala suerte y muy pocas cosas que decir y más tratándose de cualquier tema de actualidad. Me iba acercando, intentaba caminar hacia atrás pero en realidad creo que lo que realmente hacía era caminar muy lento, mientras empezaba a plantearme qué decir en el caso de que finalmente no tuviera otra opción que hacer el ridículo, con el ridículo. Un intento por resultar gracioso como “lo siento, no domino los temas de actualidad pero si quiere puedo opinar sobre otra cosa” se quedaría en eso, en intento. Y encima le daría pie a que me preguntara cualquier otra cosa que tampoco supiera. Llegué a la recta, uno de los cámaras hizo ademán de enfocarme, las dos o tres personas que tenía delante se ladearon, me quedó el pasillo libre, malditos.. Era como si me hubieran tendido una trampa en forma de alfombra roja. Me quedé parado, me hice el despistado buscando algo en el bolsillo, algo que no era nada y de repente... vi la luz en forma de cajero automático. Solamente tenía que esperar a que terminaran de usarlo una pareja joven pero como estaba tan expuesto a los medios.. me puse en cola, bueno pegado a ellos, intentándome resguardar. Pensé que al no ser ese mi banco me cobraría comisión pero al momento resolví que me daba igual, prefería pagar esa comisión que el peaje de la fama. De la mala fama. La que operaba era la chica y él me observó un poco contrariado pues estaba demasiado pegado a ellos y seguramente sospechaba de mi presencia. Cuando le vi bien la cara el contrariado fui yo. Se trataba de R.S el delantero centro de moda del equipo más popular de la ciudad. Ahí fue cuando temí que los periodistas, que no estaban a más de diez metros, lo reconocieran y me acabaran grabando a mí de secundario, algo que tampoco me interesaba nada por lo que ya sabemos. Aún estaba muy reciente el 5-0 del B al M de la noche anterior y a bien seguro que aprovecharían para cazar una valiosa entrevista al vuelo con preguntas sobre el citado clásico. Así que me acerqué todavía más a él para taparlo pero al notarlo incómodo y a punto de girarse salí de allí andando alocadamente sintiéndome un delincuente frustrado. Si me grabaron o no, ya no lo sé. Ya un poco más tranquilo llegué a la Plaza de la R. Ensimismado la crucé. Pasé por delante de dos agentes de policía con total naturalidad, sin levantar ninguna sospecha, además ¿de qué iban a sospechar? Quizás ni siquiera repararon en mí ya que andaban ocupados con dos guiris extraviados. Al fin llegué a la Plaza de la V. Sentí nervios. Una mezcla entre riesgo e ilusión. Me fui hacia la izquierda, subí unos cuantos peldaños para tener más campo de visión, encendí un cigarro mientras examinaba la plaza en su totalidad. Tardé como unos tres minutos o cuatro en encontrar la cabina. Interpreté mal tu información, tenía mentalmente dibujado un croquis erróneo, respecto a la disposición de las cabinas. Creía que había dos, una a cada lado de la plaza y lo cierto es que hay sólo una con dos teléfonos, uno mirando hacia la fuente y el otro hacia el edificio de D. Fui directo, sin vacilar. Nada más acercarme lo vi, estaba perfectamente envuelto, sin ningún daño o fisura, eso sí, despegado completamente con el papel de celo hacia arriba. Lo cogí de un zarpazo y me lo guardé en el bolsillo. Las únicas personas próximas a la cabina eran las de la terraza de un bar, a unos ocho o nueve metros y no parecieron darse cuenta de nada. De momento no lo he probado pero no hay ninguna duda de que es apto. Finalmente hice la contrafoto. Ha sido quizás lo más positivo. Comparando tu foto de ayer con la mía de hoy no parecen ni siquiera de la misma época del año.
Gracias por confiar en mí. Espero haber cumplido la misión de forma satisfactoria.
Esperando nuevos retos.
Atentamente J.
PD: Es bonito volver a un sitio donde sé que has estado.
Bajé en la última parada, fui caminando hasta la Plaza del A. Había bastante gente, algo que no me importó, hasta pensé que me convenía permanecer en medio del tumulto para pasar inadvertido. Sin embargo, hacia la mitad, pasado el edificio de C. había cámaras de televisión grabando a un tipo escuálido y sonriente que intentaba entrevistar a los viandantes con un micrófono más grande que su cabeza. No conseguía parar a ninguno, supongo que se asustaban al ver un enorme micrófono apuntándoles con una boca detrás, sobresaliendo por los lados. Pensé que seguro me acabaría por enganchar a mí, para estas cosas tengo muy mala suerte y muy pocas cosas que decir y más tratándose de cualquier tema de actualidad. Me iba acercando, intentaba caminar hacia atrás pero en realidad creo que lo que realmente hacía era caminar muy lento, mientras empezaba a plantearme qué decir en el caso de que finalmente no tuviera otra opción que hacer el ridículo, con el ridículo. Un intento por resultar gracioso como “lo siento, no domino los temas de actualidad pero si quiere puedo opinar sobre otra cosa” se quedaría en eso, en intento. Y encima le daría pie a que me preguntara cualquier otra cosa que tampoco supiera. Llegué a la recta, uno de los cámaras hizo ademán de enfocarme, las dos o tres personas que tenía delante se ladearon, me quedó el pasillo libre, malditos.. Era como si me hubieran tendido una trampa en forma de alfombra roja. Me quedé parado, me hice el despistado buscando algo en el bolsillo, algo que no era nada y de repente... vi la luz en forma de cajero automático. Solamente tenía que esperar a que terminaran de usarlo una pareja joven pero como estaba tan expuesto a los medios.. me puse en cola, bueno pegado a ellos, intentándome resguardar. Pensé que al no ser ese mi banco me cobraría comisión pero al momento resolví que me daba igual, prefería pagar esa comisión que el peaje de la fama. De la mala fama. La que operaba era la chica y él me observó un poco contrariado pues estaba demasiado pegado a ellos y seguramente sospechaba de mi presencia. Cuando le vi bien la cara el contrariado fui yo. Se trataba de R.S el delantero centro de moda del equipo más popular de la ciudad. Ahí fue cuando temí que los periodistas, que no estaban a más de diez metros, lo reconocieran y me acabaran grabando a mí de secundario, algo que tampoco me interesaba nada por lo que ya sabemos. Aún estaba muy reciente el 5-0 del B al M de la noche anterior y a bien seguro que aprovecharían para cazar una valiosa entrevista al vuelo con preguntas sobre el citado clásico. Así que me acerqué todavía más a él para taparlo pero al notarlo incómodo y a punto de girarse salí de allí andando alocadamente sintiéndome un delincuente frustrado. Si me grabaron o no, ya no lo sé. Ya un poco más tranquilo llegué a la Plaza de la R. Ensimismado la crucé. Pasé por delante de dos agentes de policía con total naturalidad, sin levantar ninguna sospecha, además ¿de qué iban a sospechar? Quizás ni siquiera repararon en mí ya que andaban ocupados con dos guiris extraviados. Al fin llegué a la Plaza de la V. Sentí nervios. Una mezcla entre riesgo e ilusión. Me fui hacia la izquierda, subí unos cuantos peldaños para tener más campo de visión, encendí un cigarro mientras examinaba la plaza en su totalidad. Tardé como unos tres minutos o cuatro en encontrar la cabina. Interpreté mal tu información, tenía mentalmente dibujado un croquis erróneo, respecto a la disposición de las cabinas. Creía que había dos, una a cada lado de la plaza y lo cierto es que hay sólo una con dos teléfonos, uno mirando hacia la fuente y el otro hacia el edificio de D. Fui directo, sin vacilar. Nada más acercarme lo vi, estaba perfectamente envuelto, sin ningún daño o fisura, eso sí, despegado completamente con el papel de celo hacia arriba. Lo cogí de un zarpazo y me lo guardé en el bolsillo. Las únicas personas próximas a la cabina eran las de la terraza de un bar, a unos ocho o nueve metros y no parecieron darse cuenta de nada. De momento no lo he probado pero no hay ninguna duda de que es apto. Finalmente hice la contrafoto. Ha sido quizás lo más positivo. Comparando tu foto de ayer con la mía de hoy no parecen ni siquiera de la misma época del año.
Gracias por confiar en mí. Espero haber cumplido la misión de forma satisfactoria.
Esperando nuevos retos.
Atentamente J.
PD: Es bonito volver a un sitio donde sé que has estado.
lunes, 5 de julio de 2010
Noche de julio en Almussafes
Los reunió a todos en su casa. Una vez acomodados latigó uno por uno a sus invitados con toda clase de reproches. Exorcizó sus defectos y ridiculizó sus virtudes. Se sirvió una copa y encendiéndose un habano esperó a la réplica con una sonrisa de curiosidad, la cual no llegó mas que en un llanto de mujer seguida del puñetazo de un hombre. Lo dejaron solo allí sentado y durante media hora utilizaron su aseo debido a la descomposición, al llanto y a la vergüenza. Después sonó el portazo de una tragedia barata. Sintiéndose homicida se cambió de camisa y bajó a la calle para encontrar nuevos amigos. Entró en el bar y pidió una cerveza. Y la cerveza le sirvió un vino y del vino vino un whisky y del whisky otra cerveza y la cerveza le explicó que los amigos no se hacen con alcohol. Sintió rabia y la acabó de un trago, la tomó tan literal que salió en busca de una amiga. ”Una mujer a la que violar, de esas que se dejan violar” se repetía. Quiso irrumpir en el itinerario de una estudiante de medicina y cuando se disponía a asaltarla sonó el golpe seco de una moto contra un contenedor de escombros. Un reguero de sangre llegó hasta sus pies. Se quedó paralizado. La chica lo miró asustada esperando a que decidiera por los dos. Más tarde, asistían al levantamiento del cadáver pese a los esfuerzos de ella por aplicar los primeros auxilios. Como siempre, se agolpaba la gente alrededor. “Ha sido fulminante” decía una señora que acababa de llegar. La estudiante lloraba a lágrima viva pero a él no le apetecía consolarla. Inmerso en sus pensamientos se fue alejando del lugar de los hechos. Decidió que al día siguiente llamaría a todos sus amigos para pedirles disculpas y explicarles que lo de ayer sólo había sido un accidente. Y volvió a casa con sus botas manchadas de sangre.
sábado, 3 de abril de 2010
Fracaso en Borneo
Dicen que pisar una mierda de camino a una entrevista de trabajo es el paradigma de la desgracia, algo que entra directamente en conflicto con la superstición de que chafarla da buena suerte. En medio de esta controversia interna me encontraba de camino a una cita a ciegas. Sólo me faltaba eso, pensé. Del sol goteaba caldo de pollo mientras sonaban las campanas de la catedral y las 11 me enfrentaron ante un bar y ante su barra y ante las ganas de huir. El sudor se me enfrió pero siguió estando a la espera de alcanzar la temperatura que lo permitiera seguir fluyendo. Era el momento de llamarla y anularme. Pero el momento pasó y ella se dejó escuchar en un exabrupto digno de los peores comienzos: “No tengo todo el día para esperarte” y colgó. Supe en seguida que de aquel bar sólo saldría en calidad de cedido. Alcancé el punto F. Once y media. Café Borneo. No llegó a darme dos besos, sólo hizo el gesto. Le crucé la mirada y quise decirle algo que rompiera el hielo pero era implacable, tectónica y procaz. Eligió la mesa y eligió la silla. Le había apartado una para ella y se sentó en la otra y yo en la eléctrica. Resignado esperé mi ejecución.
Se me había pegado la chaqueta como la sangre a una tijera en medio corte de digestión y un trago de cerveza, fría, muy fría, como ella. Le conté algunas medias verdades y otras tantas falsedades pero no pasó por alto mis ropajes:
- ¿Por qué no te quitas la chaqueta?
A lo que respondí:
- No, soy un hombre íntegro, de una sola pieza.
Y sonrió hacia dentro, muy dentro, tan dentro... que sentí que me tragaba mis palabras. Fui al baño a vomitarlas, me mojé la cara, me sequé el sudor y oriné, oriné tanto que pensé que ya no estaría cuando volviera a la mesa. Para mi desgracia allí estaba, con el hacha afilada dispuesta a trocearme el orgullo. Esta vez pedí una copa para acabar de embalsamarme. Entonces dijo:
- ¿Y no puedes cambiar de gremio?
Me subí la bragueta, esperando que aceptara la respuesta.
Y entre las 12 y la 1 me asestó un “No me gustas”.
- ¿Entonces es un “Hasta nunca”?
- Tampoco es para tanto, habrá que decidir el “hasta cuándo”
- Sabes... A veces no importa tanto el cuándo como la calidad del cómo
- ¿Qué demonios bebes?
- Un gimlet. Sí, es la bebida de los perdedores.
Se me había pegado la chaqueta como la sangre a una tijera en medio corte de digestión y un trago de cerveza, fría, muy fría, como ella. Le conté algunas medias verdades y otras tantas falsedades pero no pasó por alto mis ropajes:
- ¿Por qué no te quitas la chaqueta?
A lo que respondí:
- No, soy un hombre íntegro, de una sola pieza.
Y sonrió hacia dentro, muy dentro, tan dentro... que sentí que me tragaba mis palabras. Fui al baño a vomitarlas, me mojé la cara, me sequé el sudor y oriné, oriné tanto que pensé que ya no estaría cuando volviera a la mesa. Para mi desgracia allí estaba, con el hacha afilada dispuesta a trocearme el orgullo. Esta vez pedí una copa para acabar de embalsamarme. Entonces dijo:
- ¿Y no puedes cambiar de gremio?
Me subí la bragueta, esperando que aceptara la respuesta.
Y entre las 12 y la 1 me asestó un “No me gustas”.
- ¿Entonces es un “Hasta nunca”?
- Tampoco es para tanto, habrá que decidir el “hasta cuándo”
- Sabes... A veces no importa tanto el cuándo como la calidad del cómo
- ¿Qué demonios bebes?
- Un gimlet. Sí, es la bebida de los perdedores.
martes, 19 de enero de 2010
La muerte tenía un tercio
Indicado por unos operarios con cara de escarabajo bajé por unas escaleras hasta un sótano empapelado de flores secas. Allí estaba la muerte, sentada en un despacho, revisando un atentado frustrado, con un tercio en la mano. Bebía a tragos largos. Llevaba gafas y antes de dirigirme su mirada mortal eructó y de su boca salieron pompas fúnebres. Por fin, con una voz de ultratumba y una vista cansada, muy seria me dijo: “Te presentas aquí sin pedir hora, sin haberme dado anteriormente señales de muerte, hasta para morir tenéis prisa. No hay remedio para vosotros, los suicidas inusuales. ¡Si no sabéis lo que queréis! ¿Para qué os quitáis la vida? ¿No pensáis que detrás de todo esto hay un trabajo? No se puede morir uno sin avisar. ¡Esto no es un juego! A ver, ¿tú te lo has pensado?” Me encogí de hombros: -“Hombre, yo... estoy enamorado” A lo que respondió más seria todavía: -“Te voy a ser franca. Has ingerido una cantidad considerable de pastillas y nos has metido a todos en un lío. Yo no tengo mucho tiempo, mañana va a morir el Papa y quiero que todo salga bien. En tu informe dice que te niegas rotundamente a trasladarte al lugar que tu empresa te ha destinado. La chica que has conocido hace tres días y de la que estás enamorado no se arriesga a dejarlo todo e ir contigo. Tú no te sientes con fuerzas para dejar de verla, es más, crees que la vas a perder y en un arrebato de desesperación te has comido una farmacia entera. ¿Qué hacemos contigo? ¿Tiramos para adelante o te arrepientes?” Me sequé el sudor que poco a poco se había enfriado, sentía frío en todos mis miembros, empecé a sentir la oscuridad del túnel y la mortaja acariciándome, adormeciéndome.
Precisamente en mi miembro más viril notaba un trozo de hielo, inamovible, sin riego.-¿“Y no puedes matar al que se ha quedado el puesto que yo quería?" -“¡Imposible! Ese tío es muy mala persona, el infierno está colapsado y hasta que no acaben la ampliación tenemos orden de no enviar a nadie. O eso o ¡que empiecen a bajar el listón del Cielo!” -“Y si acepto morir, ¿no podrías matarla a ella también?” -“Por poder podemos, pero no te serviría de nada, ya que al pedirme esto estando aún consciente, contaría como pecado mortal y tú entrarías en lista de espera para ingresar en el Infierno y ella iría al Cielo.” - “¡Pero si renuncio al trabajo y luego fracaso con ella seguramente vuelva por aquí!” - “Mira, chaval, pese a que los soplos no entran dentro de nuestra política de muerte, voy a hacer una excepción para evitarte un viaje innecesario. Esa chica sólo te quiere por el dinero. Si dejas el banco la pierdes.” Mis dedos se estaban transformando en témpanos de hielo y mi tráquea en una tubería oxidada. “¿Tan segura estás de lo que dices? ¿Acaso conoces el futuro? Quizás.. con el tiempo ¡acabe enamorándose de mí!” - “¡Maldita sea!” dijo la Muerte, “¡Es muy sencillo! ¡O irte a Suiza o suicidarte!”
Precisamente en mi miembro más viril notaba un trozo de hielo, inamovible, sin riego.-¿“Y no puedes matar al que se ha quedado el puesto que yo quería?" -“¡Imposible! Ese tío es muy mala persona, el infierno está colapsado y hasta que no acaben la ampliación tenemos orden de no enviar a nadie. O eso o ¡que empiecen a bajar el listón del Cielo!” -“Y si acepto morir, ¿no podrías matarla a ella también?” -“Por poder podemos, pero no te serviría de nada, ya que al pedirme esto estando aún consciente, contaría como pecado mortal y tú entrarías en lista de espera para ingresar en el Infierno y ella iría al Cielo.” - “¡Pero si renuncio al trabajo y luego fracaso con ella seguramente vuelva por aquí!” - “Mira, chaval, pese a que los soplos no entran dentro de nuestra política de muerte, voy a hacer una excepción para evitarte un viaje innecesario. Esa chica sólo te quiere por el dinero. Si dejas el banco la pierdes.” Mis dedos se estaban transformando en témpanos de hielo y mi tráquea en una tubería oxidada. “¿Tan segura estás de lo que dices? ¿Acaso conoces el futuro? Quizás.. con el tiempo ¡acabe enamorándose de mí!” - “¡Maldita sea!” dijo la Muerte, “¡Es muy sencillo! ¡O irte a Suiza o suicidarte!”
viernes, 1 de enero de 2010
El chico sombra
El chico sombra, abre lentamente los ojos.
Yo llevo lo que me parecen horas, mirándole dormir, escuchando su rítmica respiración.
Son las 7.20 am de un miércoles de febrero.
La luz del amanecer se filtra entre las rendijas de la persiana.
Llueve, el día que empieza, gris, brumoso, como todos los anteriores y puede que todos los que vendrán. Ahora eso parece importar poco...
Frío en la habitación, calientes nuestros cuerpos desnudos.
Yo me acomodo, me arrebujo en mi lado de la cama. Me tapo con las sábanas hasta la barbilla. Estoy temblando.
No quiero que el chico sombra se despierte del todo. Es un espectáculo magnético verle a mi lado mientras duerme. Es como ver el fuego chisporrotear. Aún no me lo creo del todo, me sigue resultando inverosímil e improbable.
Me parece que lo de la noche anterior le pasó a otra, a otros.
Me asomo por mi lado de la cama y sí...veo nuestra ropa esparcida caóticamente por el suelo, los zapatos tirados de cualquier manera, con prisa.
Eso y la incipiente resaca que martillea en mi estómago y mi cabeza...retazos de la noche pasada. Sacudo la cabeza con una media sonrisa...Caray!Ha pasado y nos ha pasado a nosotros.
Él se queda por un instante mirando al techo, inmóvil, tomando conciencia del despertar en una cama extraña.
Yo sigo mirándole, con expectación. Nuestras cabezas a escasos centímetros.
La lluvia y el aleteo de sus negras pestañas. El polvo en suspensión a través de la luz de la vela encendida en mi mesita de noche durante mi insomnio y Murakami.
Mi respiración agitada y la suya lenta, pausada. El olor de nuestros cuerpos y la noche, a través de las sábanas en movimiento.
El silencio rompiéndose con los sonidos del despertar de la ciudad.
Los primeros coches, autobuses...la civilización activándose un día más fuera de la ventana. Todo ese mundo gris lleno de gente que tan poco me importa ahora.
Dentro, el tiempo detenido. El tic tac del reloj, la luz oscilante de la vela. Solos el chico sombra y yo. Por fin.
Se despereza con un débil gemido. Se incorpora sobre los codos y se gira lentamente hacia mí. Sus hombros desnudos, el pelo revuelto.
Somnoliento, sonriente. Me mira a los ojos.
-Buenos días, chica de los trenes. ¿Te duele?
Yo llevo lo que me parecen horas, mirándole dormir, escuchando su rítmica respiración.
Son las 7.20 am de un miércoles de febrero.
La luz del amanecer se filtra entre las rendijas de la persiana.
Llueve, el día que empieza, gris, brumoso, como todos los anteriores y puede que todos los que vendrán. Ahora eso parece importar poco...
Frío en la habitación, calientes nuestros cuerpos desnudos.
Yo me acomodo, me arrebujo en mi lado de la cama. Me tapo con las sábanas hasta la barbilla. Estoy temblando.
No quiero que el chico sombra se despierte del todo. Es un espectáculo magnético verle a mi lado mientras duerme. Es como ver el fuego chisporrotear. Aún no me lo creo del todo, me sigue resultando inverosímil e improbable.
Me parece que lo de la noche anterior le pasó a otra, a otros.
Me asomo por mi lado de la cama y sí...veo nuestra ropa esparcida caóticamente por el suelo, los zapatos tirados de cualquier manera, con prisa.
Eso y la incipiente resaca que martillea en mi estómago y mi cabeza...retazos de la noche pasada. Sacudo la cabeza con una media sonrisa...Caray!Ha pasado y nos ha pasado a nosotros.
Él se queda por un instante mirando al techo, inmóvil, tomando conciencia del despertar en una cama extraña.
Yo sigo mirándole, con expectación. Nuestras cabezas a escasos centímetros.
La lluvia y el aleteo de sus negras pestañas. El polvo en suspensión a través de la luz de la vela encendida en mi mesita de noche durante mi insomnio y Murakami.
Mi respiración agitada y la suya lenta, pausada. El olor de nuestros cuerpos y la noche, a través de las sábanas en movimiento.
El silencio rompiéndose con los sonidos del despertar de la ciudad.
Los primeros coches, autobuses...la civilización activándose un día más fuera de la ventana. Todo ese mundo gris lleno de gente que tan poco me importa ahora.
Dentro, el tiempo detenido. El tic tac del reloj, la luz oscilante de la vela. Solos el chico sombra y yo. Por fin.
Se despereza con un débil gemido. Se incorpora sobre los codos y se gira lentamente hacia mí. Sus hombros desnudos, el pelo revuelto.
Somnoliento, sonriente. Me mira a los ojos.
-Buenos días, chica de los trenes. ¿Te duele?
jueves, 3 de diciembre de 2009
La oreja
Siempre he creído firmemente que los deseos de un hombre no pueden ir mucho más allá que los de un animal, sin embargo, hoy he despertado magullado por mis propios anhelos. Tembloroso y dolorido, asustado por un sueño. ¿En qué morada de mi memoria habitaba ella? Sin darme yo cuenta la había olvidado y hoy me ha visitado por sorpresa, arrancándome una lágrima de espanto. Pero no, yo sé bien cuál es la realidad. Nada de historias de ultratumba, ni brujas, ni espíritus del mal. Ella es sólo la oscura silueta del cerrojo de la puerta del bestiario de mis recuerdos. Allí permanece, quieta y serena, esperando a ser abierta por el demonio de lo perverso que reside en mí, por mis insanos deseos de volverla a ver sonreír ante mi desgracia.
Sí, así es, no hay lugar en el mundo tan oscuro como la mente de un hombre suicida, esa es la única llave capaz de dar vida a esa pesadilla que me atormenta con sólo sentir el aliento de su recuerdo. Pensar en ella es sentirla otra vez, como una mancha de angustia que me invade, devorándome como ácido corrosivo. Pero repito, hoy he despertado arañado por mis propios deseos y es doblemente doloroso reconocer que después de todo aún la amo. ¿Después de todo?
No recuerdo con claridad qué fue todo pero bien sé que algo cambió mis días como una tempestad arrolladora destruye la calma en el océano y un oleaje de recuerdos se agolpan en mi cabeza, como piezas que no encajan, empujándome a reconstruir este puzzle de esencias.
¡Oh Dios mío! ¿pero cuánto tiempo llevo viviendo en la penumbra? Abro los ojos y no puedo apreciar mas que luces deformes en la oscuridad. ¿Ella me ha cegado o fui yo el que cerró los ojos para no verla? No lo sé pero cuanto más crecía mi odio más la reclamaba como mía y cuanto más la odiaba, más amaba su perfidia. Pero el odio tiene un límite y el amor no. Mi odio hacia ella alcanzó su grado máximo desencadenándose en un shock del que ahora despierto. Y despierto con la resaca de algunas heridas mas sin ningún rencor hacia lo que las motivó. Paradójicamente, mi amor ha permanecido estancado y dormido durante ese tiempo, cronológicamente inclasificable pese a mis esfuerzos de ver más allá de este insondable telón de enigmas. Y ese amor se desenmascara ahora como un amor tumoral, un amor maligno que brota de nuevo en el sentir más profundo de mi corazón.
Y esto ha ocurrido cuando creyéndome solo en la habitación, entre la oscuridad he podido distinguir un extraño pliegue en la cama de al lado. Una ondulación, un garabato en relieve, un trozo de carne apoyado en la almohada, ¡una oreja! Solamente una oreja. Una oreja que me hablaba: “No me mires tan extrañado, no siempre he sido una oreja, antes era un hombre. Un hombre completo pero no me gustaba escuchar, así que antes de que me cuentes tu historia, te contaré la mía.”
. . . . .
Primera parte
Creo que todo empezó aquella horrorosa noche de niebla en que marché a la villa,
situada en las cumbres de la provincia, para hacerme cargo, por un tiempo, de las tierras que mi padre me dejó tras haber fallecido hacía unas semanas. Si bien no recuerdo con exactitud cuántos años han transcurrido desde aquello, sí podría descubrir con la claridad del ayer las sensaciones de pureza, frescura y eterna juventud que me iban sobrecogiendo a medida que me adentraba en el paraje. Los dulces rayos del sol parecían señalarme e interrogarme sobre cómo podía haber ignorado, casi despreciado, desde la lejanía de la ciudad, un lugar tan sagrado. Y unas tierras a las que llegué para venderlas se convirtieron en mi nuevo hogar.
Allí pasé recluido, como en un pequeño santuario, un tiempo indefinido de paz y descanso, con la extraña sensación de no haber vivido y ser feliz, con la satisfacción de ser un brazo más de la naturaleza y con la eterna juventud en mis ojos determiné aquel lugar como el destino de mis días, compré más tierras y me invoqué a ellas prometiendo regarlas con mi sudor.
Durante semanas nos observamos. En aquellos días yo trabajaba una parcela atravesada por un caminito estrecho, un atajo por donde ella llegaba hasta una granja cercana para proveerse de leche y otros alimentos. La perseguía con la mirada, ella huía de mis ojos para luego delatarme con los suyos, entonces yo volvía a agachar la cabeza y ella marchaba rápidamente hasta alejarse del lugar, visiblemente nerviosa. Me hacían gracia sus ademanes y su sencillez. Esto se repitió muy a menudo, yo disfrutaba de su timidez y ella de mi interés pese a sobrecogerse por la atención inesperada de un desconocido. La miraba sin intención de rebajarla, sin ninguna pretensión pasional, tan sólo era la mirada de un risueño en armonía con su trabajo y encantado por sus visitas no intencionadas.
En la noche de uno de esos días en los que la gente se divertía en torno al fuego, la conocí, bailamos juntos y en aquella inolvidable velada, el mundo y todos los astros del firmamento giraban a nuestro alrededor. Fue el comienzo de algo que ya no recuerdo como acabó o si acabó. Llegó la primavera y los brumosos caminos solitarios y misteriosos, ahora eran transitados por alborotadores y simpáticos niños que acudían a la escuela trimestral, común a todas aquellas aldeas. Las faldas de las montañas florecieron, quedando estampadas de vida y rostros alegres y la soledad invernó ante la sonrisa del calor humano.
Meses más tarde, las noches se hicieron entrañables, todo el mundo se reunía alrededor de las hogueras, cantando y riendo. Conseguí ser aceptado y valorado como un miembro más de aquella selva de sueños inmediatos y es que aún me pregunto si aquello fue un sueño mas afirmo seguro que fueron los mejores días de mi vida. Toda esta indescriptible burbuja de sensaciones culminó en lo que yo sabía no tardaría en aparecer: el amor. El amor bello, el amor salvaje, integrado en el medio como una forma más de expresión de la naturaleza. El amor puro y libre como el viento helado de las cumbres, como los cálidos rayos de sol que llegan hasta el lecho de todos los enamorados haciendo amanecer, por un día más, su confortable dicha. Sé que nos seguimos viendo de forma casi clandestina, pues Dalmiro, su padre, hombre de ideas rígidas, no daba el consentimiento de que nadie flirteara con su tierna muchachita. Pero nosotros éramos un esqueje de la pasión deseando brotar y no había barreras ni normas a nuestro empuje y deseo.
Aún me acuerdo de aquella mañana de esplendor y aroma a albahaca… ¡cómo no me iba a acordar! ¡mi niña de ojos soñadores! La visité inesperadamente a su casa, a donde nunca me había atrevido siquiera a acercarme. Ella barría de forma tan singular, casi bailaba con la escoba, cuando me vio por poco me atiza con ella pero yo le tapé la boca y luego la besé, entonces me retorció la nariz, sabía que eso no me gustaba, estaba inquieta por el riesgo de que nos vieran y a la vez, exultante de alegría al encontrarme yo allí. Cuando vi aquellas llaves no lo pensé dos veces, ella me pegó en la mano y se me cayeron al barro pero las recogí, le manché la cara y le solté el pelo, reía nerviosamente intentando pararme pero yo ya había planeado la locura. Cogimos el coche de su padre y condujimos durante horas, acariciados por la brisa de la libertad. No nos dirigíamos la palabra, no hacía falta, nuestras miradas, como siempre, hablaban entre sí. Ella confiaba en mí y yo en el destino. Comenzó a nublarse el cielo pero atravesamos la lluvia hasta llegar al mar y de repente, el atisbo de un rayo de sol nos alumbraba los rostros, la tormenta se había marchado. Totalmente empapados, brindamos por nuestra suerte con la botella más grande de champán y el azul del océano como testigo. Al fin, con una ensoñadora sonrisa me preguntó: “¿Tú conoces la tristeza en el amor? ¡Yo no!” y le respondí: “¡Yo sólo conozco la locura en mi corazón!” Ella no lo sabía pero su mano ya me había sido concedida.
Tres o cuatro años después.
Tumbado en la tierra, rodeado de malas hierbas, solía despertar a menudo. Los rayos del sol volvían a señalarme, a juzgarme y a quemarme en la cara la poca vergüenza que me quedaba.
Una vez me encontró mi hijo, el pestazo a alcohol, la voz ahogada y el ramo de flores aplastado bajo mi chaqueta le hicieron huir rápidamente adentro de la casa. Mis devaneos nocturnos por la ciudad se convirtieron en rutina y mi llegada a la aldea en circunstancias deplorables también. Luego, como un ritual, ella me arrastraba adentro, escaleras arriba, me quitaba los zapatos, me acostaba en la cama y me curaba la resaca para estar listo y reincidir esa misma noche si era capaz de levantarme.
Antes fueron años muy prósperos, casados y felices, tuvimos un niño precioso y una tierra muy fecunda. Contraté trabajadores, todo era idílico y metódico. Pero el ser humano es caprichoso y sucumbí a una mujer, caí en la obsesión y perdí todo cuanto poseía. Ahora mi esposa esperaba nuestro segundo hijo pero las deudas nos embargaban, las tierras se habían muerto, todo estaba podrido, seco y cubierto por maleza y larvas. Ya no me quedaba ni un sólo campesino a mi cargo, hacía tiempo que me habían abandonado, mucho antes les había dejado de pagar.
Se llamaba Lucinda, tenía una tienda de cosas extrañas en un lugar recóndito de la ciudad, donde recibía a gente variopinta para fiestas exclusivas. Pero la conocí aquí, en mi propia parcela. Fue casi como una aparición en la madrugada, el sol pestañeaba, yo agachado excavaba pequeños hoyos para la siembra y unos zapatos blancos y brillantes se plantaron delante de mis narices. Levanté la cabeza y allí estaba ella, con un cabello rojo y endemoniado, guadaña en mano, la había cogido del suelo, gafas de sol y una sonrisa de payaso pintada en la boca. “¿Hay algún teléfono en este miserable pueblo con el que pueda hacer una llamada para que me vengan a recoger?” La acerqué yo. No volví a ser el mismo.
Me convertí en un alma nocturna, cometí todos los excesos que no había cometido en mi juventud. Era tan habitual en las fiestas de Lucinda que incluso entablé relaciones con personalidades de cierta relevancia social. Ella decía que yo era empresario, bueno, de hecho lo era. Me compré trajes caros, perfumes y un coche nuevo. Pero todo iba más allá, las fiestas eran desorbitadas, Lucinda era un demonio pensante, el centro de la disputa, el detonante de todas las locuras. Era mala persona y lo sabíamos. Nos tenía encapsulados. Yo que siempre había sido tan duro de personalidad llegué al punto de no tener mayor anhelo que el de conseguir ser el que más a solas estuviera con ella. Y en parte lo conseguí durante un tiempo. Lo descuidé todo, el ruido de mi mujer llorando encerrada en algún cuarto me provocaba tal rechazo que evitaba pasar el mayor tiempo posible en casa. La culpabilidad se sumaba ahora al miedo a afrontar la realidad que al eludir todas mis responsabilidades de trabajo me había dejado en una situación delicada e insostenible. Huí hacia adelante, con el cinismo que ella me inyectó, con el desprecio por el compromiso, con las ganas de saborearla hasta la última gota, tan sexy, tan atrevida, tan fugaz. Me sentí en una nube cuando me propuso ser mi acompañante en las fiestas de la aldea, la exhibí sin vacilar, esa noche troceó el recuerdo de otra gran noche, unos cuantos años antes. Podría haber muerto allí mismo y lo habría hecho con la elegancia del éxito. Solíamos apostar, sus propuestas eran endiabladas, sin embargo su eficacia era insolente. Nos acercamos a las verbenas, allí saludé al alcalde, ella lució su mejor sonrisa, más tarde se le ocurriría algo. Consiguió que se mojara encima un niño de doce años sin tocarlo, simplemente hablándole menos de cinco minutos. Luego, al haber ganado la apuesta me ordenó colarnos en la casa del alcalde y hacer el amor en la cama de matrimonio con la constante amenaza de que la pareja llegara en cualquier instante. Y en aquella inmejorable velada, el mundo y todos los astros del firmamento nos daban la espalda pero nosotros, borrachos hasta lo grotesco, brindamos por ellos igualmente.
Con el tiempo me había perdido en las entrañas de la miseria del hombre, de lo irreversible, del descalabro total. Dejé de verla, dejó de aparecer, mejor dicho. Cada vez era menor la dosis para un enfermo terminal como yo. Era demasiado tarde para desintoxicarme. Bajaba a la ciudad todas las noches sin encontrarla, vagabundeaba, me deseé la muerte. Pero quería matarla. Una madrugada, me recogió un tractor, su conductor al que seguramente le debía dinero, me reconoció pese a estar irreconocible. Iba envuelto en un disfraz de plástico, una colchoneta por dentro, era un caramelo andante, sólo los pies y la cabeza quedaban al descubierto. Me cargó en la pala del tractor y me descargó frente a mi casa. Allí, sudando el delirio, una fiebre inmensa, un calor grasiento, el sol imponente señalándome fue tapado por un rostro de odio y repugnancia. Era Dalmiro, el padre de mi esposa, gritaba, me escupía, me zarandeaba, sacó un cuchillo y lo clavó en el disfraz desinflándome. “Si no remontas el vuelo, hijo de puta, te cortaré las alas.”
. . . . .
¡Basta ya! No puedo seguir escuchando, maldita oreja. No puedo seguir oyendo todo esto. Me incorporo del todo, sin esfuerzo alguno. Consigo una posición vertical, parecida a la de estar de pie. Me desplazo por la habitación. En la esquina una nariz le cuchichea algo a un ojo, me freno. No puede ser. En la repisa de la ventana un mano gesticula ante un pie. Todos hablan de lo mismo. Alcanzo la puerta pero salgo a la misma habitación, es decir, vuelvo a entrar. No puede ser. Voy hasta la ventana, aparto el pie y la mano, la abro, y me introduzco por ella. Conduce hasta otra habitación. No puede ser ¡Es la misma! Observo la cama donde antes estaba tumbado. Sobre ella la otra oreja le habla al otro ojo. ¡Todos cuentan lo mismo! ¡Todos cuentan mi historia!
Sí, así es, no hay lugar en el mundo tan oscuro como la mente de un hombre suicida, esa es la única llave capaz de dar vida a esa pesadilla que me atormenta con sólo sentir el aliento de su recuerdo. Pensar en ella es sentirla otra vez, como una mancha de angustia que me invade, devorándome como ácido corrosivo. Pero repito, hoy he despertado arañado por mis propios deseos y es doblemente doloroso reconocer que después de todo aún la amo. ¿Después de todo?
No recuerdo con claridad qué fue todo pero bien sé que algo cambió mis días como una tempestad arrolladora destruye la calma en el océano y un oleaje de recuerdos se agolpan en mi cabeza, como piezas que no encajan, empujándome a reconstruir este puzzle de esencias.
¡Oh Dios mío! ¿pero cuánto tiempo llevo viviendo en la penumbra? Abro los ojos y no puedo apreciar mas que luces deformes en la oscuridad. ¿Ella me ha cegado o fui yo el que cerró los ojos para no verla? No lo sé pero cuanto más crecía mi odio más la reclamaba como mía y cuanto más la odiaba, más amaba su perfidia. Pero el odio tiene un límite y el amor no. Mi odio hacia ella alcanzó su grado máximo desencadenándose en un shock del que ahora despierto. Y despierto con la resaca de algunas heridas mas sin ningún rencor hacia lo que las motivó. Paradójicamente, mi amor ha permanecido estancado y dormido durante ese tiempo, cronológicamente inclasificable pese a mis esfuerzos de ver más allá de este insondable telón de enigmas. Y ese amor se desenmascara ahora como un amor tumoral, un amor maligno que brota de nuevo en el sentir más profundo de mi corazón.
Y esto ha ocurrido cuando creyéndome solo en la habitación, entre la oscuridad he podido distinguir un extraño pliegue en la cama de al lado. Una ondulación, un garabato en relieve, un trozo de carne apoyado en la almohada, ¡una oreja! Solamente una oreja. Una oreja que me hablaba: “No me mires tan extrañado, no siempre he sido una oreja, antes era un hombre. Un hombre completo pero no me gustaba escuchar, así que antes de que me cuentes tu historia, te contaré la mía.”
. . . . .
Primera parte
Creo que todo empezó aquella horrorosa noche de niebla en que marché a la villa,
situada en las cumbres de la provincia, para hacerme cargo, por un tiempo, de las tierras que mi padre me dejó tras haber fallecido hacía unas semanas. Si bien no recuerdo con exactitud cuántos años han transcurrido desde aquello, sí podría descubrir con la claridad del ayer las sensaciones de pureza, frescura y eterna juventud que me iban sobrecogiendo a medida que me adentraba en el paraje. Los dulces rayos del sol parecían señalarme e interrogarme sobre cómo podía haber ignorado, casi despreciado, desde la lejanía de la ciudad, un lugar tan sagrado. Y unas tierras a las que llegué para venderlas se convirtieron en mi nuevo hogar.
Allí pasé recluido, como en un pequeño santuario, un tiempo indefinido de paz y descanso, con la extraña sensación de no haber vivido y ser feliz, con la satisfacción de ser un brazo más de la naturaleza y con la eterna juventud en mis ojos determiné aquel lugar como el destino de mis días, compré más tierras y me invoqué a ellas prometiendo regarlas con mi sudor.
Durante semanas nos observamos. En aquellos días yo trabajaba una parcela atravesada por un caminito estrecho, un atajo por donde ella llegaba hasta una granja cercana para proveerse de leche y otros alimentos. La perseguía con la mirada, ella huía de mis ojos para luego delatarme con los suyos, entonces yo volvía a agachar la cabeza y ella marchaba rápidamente hasta alejarse del lugar, visiblemente nerviosa. Me hacían gracia sus ademanes y su sencillez. Esto se repitió muy a menudo, yo disfrutaba de su timidez y ella de mi interés pese a sobrecogerse por la atención inesperada de un desconocido. La miraba sin intención de rebajarla, sin ninguna pretensión pasional, tan sólo era la mirada de un risueño en armonía con su trabajo y encantado por sus visitas no intencionadas.
En la noche de uno de esos días en los que la gente se divertía en torno al fuego, la conocí, bailamos juntos y en aquella inolvidable velada, el mundo y todos los astros del firmamento giraban a nuestro alrededor. Fue el comienzo de algo que ya no recuerdo como acabó o si acabó. Llegó la primavera y los brumosos caminos solitarios y misteriosos, ahora eran transitados por alborotadores y simpáticos niños que acudían a la escuela trimestral, común a todas aquellas aldeas. Las faldas de las montañas florecieron, quedando estampadas de vida y rostros alegres y la soledad invernó ante la sonrisa del calor humano.
Meses más tarde, las noches se hicieron entrañables, todo el mundo se reunía alrededor de las hogueras, cantando y riendo. Conseguí ser aceptado y valorado como un miembro más de aquella selva de sueños inmediatos y es que aún me pregunto si aquello fue un sueño mas afirmo seguro que fueron los mejores días de mi vida. Toda esta indescriptible burbuja de sensaciones culminó en lo que yo sabía no tardaría en aparecer: el amor. El amor bello, el amor salvaje, integrado en el medio como una forma más de expresión de la naturaleza. El amor puro y libre como el viento helado de las cumbres, como los cálidos rayos de sol que llegan hasta el lecho de todos los enamorados haciendo amanecer, por un día más, su confortable dicha. Sé que nos seguimos viendo de forma casi clandestina, pues Dalmiro, su padre, hombre de ideas rígidas, no daba el consentimiento de que nadie flirteara con su tierna muchachita. Pero nosotros éramos un esqueje de la pasión deseando brotar y no había barreras ni normas a nuestro empuje y deseo.
Aún me acuerdo de aquella mañana de esplendor y aroma a albahaca… ¡cómo no me iba a acordar! ¡mi niña de ojos soñadores! La visité inesperadamente a su casa, a donde nunca me había atrevido siquiera a acercarme. Ella barría de forma tan singular, casi bailaba con la escoba, cuando me vio por poco me atiza con ella pero yo le tapé la boca y luego la besé, entonces me retorció la nariz, sabía que eso no me gustaba, estaba inquieta por el riesgo de que nos vieran y a la vez, exultante de alegría al encontrarme yo allí. Cuando vi aquellas llaves no lo pensé dos veces, ella me pegó en la mano y se me cayeron al barro pero las recogí, le manché la cara y le solté el pelo, reía nerviosamente intentando pararme pero yo ya había planeado la locura. Cogimos el coche de su padre y condujimos durante horas, acariciados por la brisa de la libertad. No nos dirigíamos la palabra, no hacía falta, nuestras miradas, como siempre, hablaban entre sí. Ella confiaba en mí y yo en el destino. Comenzó a nublarse el cielo pero atravesamos la lluvia hasta llegar al mar y de repente, el atisbo de un rayo de sol nos alumbraba los rostros, la tormenta se había marchado. Totalmente empapados, brindamos por nuestra suerte con la botella más grande de champán y el azul del océano como testigo. Al fin, con una ensoñadora sonrisa me preguntó: “¿Tú conoces la tristeza en el amor? ¡Yo no!” y le respondí: “¡Yo sólo conozco la locura en mi corazón!” Ella no lo sabía pero su mano ya me había sido concedida.
Tres o cuatro años después.
Tumbado en la tierra, rodeado de malas hierbas, solía despertar a menudo. Los rayos del sol volvían a señalarme, a juzgarme y a quemarme en la cara la poca vergüenza que me quedaba.
Una vez me encontró mi hijo, el pestazo a alcohol, la voz ahogada y el ramo de flores aplastado bajo mi chaqueta le hicieron huir rápidamente adentro de la casa. Mis devaneos nocturnos por la ciudad se convirtieron en rutina y mi llegada a la aldea en circunstancias deplorables también. Luego, como un ritual, ella me arrastraba adentro, escaleras arriba, me quitaba los zapatos, me acostaba en la cama y me curaba la resaca para estar listo y reincidir esa misma noche si era capaz de levantarme.
Antes fueron años muy prósperos, casados y felices, tuvimos un niño precioso y una tierra muy fecunda. Contraté trabajadores, todo era idílico y metódico. Pero el ser humano es caprichoso y sucumbí a una mujer, caí en la obsesión y perdí todo cuanto poseía. Ahora mi esposa esperaba nuestro segundo hijo pero las deudas nos embargaban, las tierras se habían muerto, todo estaba podrido, seco y cubierto por maleza y larvas. Ya no me quedaba ni un sólo campesino a mi cargo, hacía tiempo que me habían abandonado, mucho antes les había dejado de pagar.
Se llamaba Lucinda, tenía una tienda de cosas extrañas en un lugar recóndito de la ciudad, donde recibía a gente variopinta para fiestas exclusivas. Pero la conocí aquí, en mi propia parcela. Fue casi como una aparición en la madrugada, el sol pestañeaba, yo agachado excavaba pequeños hoyos para la siembra y unos zapatos blancos y brillantes se plantaron delante de mis narices. Levanté la cabeza y allí estaba ella, con un cabello rojo y endemoniado, guadaña en mano, la había cogido del suelo, gafas de sol y una sonrisa de payaso pintada en la boca. “¿Hay algún teléfono en este miserable pueblo con el que pueda hacer una llamada para que me vengan a recoger?” La acerqué yo. No volví a ser el mismo.
Me convertí en un alma nocturna, cometí todos los excesos que no había cometido en mi juventud. Era tan habitual en las fiestas de Lucinda que incluso entablé relaciones con personalidades de cierta relevancia social. Ella decía que yo era empresario, bueno, de hecho lo era. Me compré trajes caros, perfumes y un coche nuevo. Pero todo iba más allá, las fiestas eran desorbitadas, Lucinda era un demonio pensante, el centro de la disputa, el detonante de todas las locuras. Era mala persona y lo sabíamos. Nos tenía encapsulados. Yo que siempre había sido tan duro de personalidad llegué al punto de no tener mayor anhelo que el de conseguir ser el que más a solas estuviera con ella. Y en parte lo conseguí durante un tiempo. Lo descuidé todo, el ruido de mi mujer llorando encerrada en algún cuarto me provocaba tal rechazo que evitaba pasar el mayor tiempo posible en casa. La culpabilidad se sumaba ahora al miedo a afrontar la realidad que al eludir todas mis responsabilidades de trabajo me había dejado en una situación delicada e insostenible. Huí hacia adelante, con el cinismo que ella me inyectó, con el desprecio por el compromiso, con las ganas de saborearla hasta la última gota, tan sexy, tan atrevida, tan fugaz. Me sentí en una nube cuando me propuso ser mi acompañante en las fiestas de la aldea, la exhibí sin vacilar, esa noche troceó el recuerdo de otra gran noche, unos cuantos años antes. Podría haber muerto allí mismo y lo habría hecho con la elegancia del éxito. Solíamos apostar, sus propuestas eran endiabladas, sin embargo su eficacia era insolente. Nos acercamos a las verbenas, allí saludé al alcalde, ella lució su mejor sonrisa, más tarde se le ocurriría algo. Consiguió que se mojara encima un niño de doce años sin tocarlo, simplemente hablándole menos de cinco minutos. Luego, al haber ganado la apuesta me ordenó colarnos en la casa del alcalde y hacer el amor en la cama de matrimonio con la constante amenaza de que la pareja llegara en cualquier instante. Y en aquella inmejorable velada, el mundo y todos los astros del firmamento nos daban la espalda pero nosotros, borrachos hasta lo grotesco, brindamos por ellos igualmente.
Con el tiempo me había perdido en las entrañas de la miseria del hombre, de lo irreversible, del descalabro total. Dejé de verla, dejó de aparecer, mejor dicho. Cada vez era menor la dosis para un enfermo terminal como yo. Era demasiado tarde para desintoxicarme. Bajaba a la ciudad todas las noches sin encontrarla, vagabundeaba, me deseé la muerte. Pero quería matarla. Una madrugada, me recogió un tractor, su conductor al que seguramente le debía dinero, me reconoció pese a estar irreconocible. Iba envuelto en un disfraz de plástico, una colchoneta por dentro, era un caramelo andante, sólo los pies y la cabeza quedaban al descubierto. Me cargó en la pala del tractor y me descargó frente a mi casa. Allí, sudando el delirio, una fiebre inmensa, un calor grasiento, el sol imponente señalándome fue tapado por un rostro de odio y repugnancia. Era Dalmiro, el padre de mi esposa, gritaba, me escupía, me zarandeaba, sacó un cuchillo y lo clavó en el disfraz desinflándome. “Si no remontas el vuelo, hijo de puta, te cortaré las alas.”
. . . . .
¡Basta ya! No puedo seguir escuchando, maldita oreja. No puedo seguir oyendo todo esto. Me incorporo del todo, sin esfuerzo alguno. Consigo una posición vertical, parecida a la de estar de pie. Me desplazo por la habitación. En la esquina una nariz le cuchichea algo a un ojo, me freno. No puede ser. En la repisa de la ventana un mano gesticula ante un pie. Todos hablan de lo mismo. Alcanzo la puerta pero salgo a la misma habitación, es decir, vuelvo a entrar. No puede ser. Voy hasta la ventana, aparto el pie y la mano, la abro, y me introduzco por ella. Conduce hasta otra habitación. No puede ser ¡Es la misma! Observo la cama donde antes estaba tumbado. Sobre ella la otra oreja le habla al otro ojo. ¡Todos cuentan lo mismo! ¡Todos cuentan mi historia!
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