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jueves, 28 de marzo de 2013

1. Belleza

              Lo arrugo pero antes de tirarlo me entra esa curiosidad absurda que no es más que un síntoma de inseguridad y descarrío vital. - Ese papel podría haber cambiado tu vida de haberlo leído. No lo leíste pero ahí estaba la clave. Ahora te vamos a mostrar un vídeo resumen de cómo hubiera sido tu vida a raíz de aquello- Así que despliego el papel y leo: “Los chinos y su concepto del chi.” ¡Los chinos se podrían meter su concepto del chi por el culo! Ya estoy harto de que me avasallen con papelitos por las calles, papelitos sectarios. Me pregunto qué tipo de gente irá a esa clase de charlas. Gente peor que yo, con un vacío existencial capaz de abrazar cualquier doctrina con tal de aferrarse a algo. Gente sola, desesperada. Gente con ganas de mejorar, eso sí. Y con mucho tiempo, eso también. Me imagino una congregación de viejas místicas que a la salida de la conferencia se intercambian recetas macrobióticas mientras fuman como posesas. Joder, ahora que lo pienso no pinta tan mal el evento. Iría sólo para verificar mis sospechas. Otra vez esa insalubre curiosidad que al final me va a hacer guardar el papel en lugar de tirarlo. Sí, lo guardo, en el bolsillo, aunque sea para dejar de pensar en algo tan insustancial como el destino. Puagg, el destino... No hay concepto más chaquetero y oportunista que ése. El destino, El amor y La felicidad se podrían ir de vacaciones, los tres. A ver si se aguantaban. Acabarían haciendo un trío con látigos y mordazas. La Felicidad protestaría después de unos cuantos zurriagazos. El amor se sentiría utilizado en medio de tanto sexo animal y El destino sería el primero en ponerse los pantalones y salir corriendo con la justificación oportuna de que éso era lo que había de ocurrir si se juntaban los tres. Menuda pandilla de vendedores de humo. Ahora en el supermercado me acuerdo de la chica del ascensor, era guapísima, nunca he viajado con una chica tan guapa en un ascensor. Ahora que lo pienso, mi boca nunca ha estado a tan pocos centímetros de la boca de alguien así. ¿Es digno de mención o no? Equiparable a batir un récord. Hay que constatarlo de alguna manera. Ahí queda. Constatado. Pensar en lo demás es insufrible. Si alguna vez ella se desnudase ante mí lo haría como Cleopatra ante sus esclavos, tratándome como a un simple animalucho. Yo me sublevaría, claro. Aunque luego en los ascensores mire hacia el suelo. Yo quiero comprar Belleza. He ido directo a la esquina donde las amontonan en packs de 6, pero detecto un agente externo que me obstruye. Qué rabia me da ir a por algo y que alguien esté en medio y pueda observar con detenimiento el producto que estoy escogiendo. Una chica con abrigo marrón parece que se ha montado un despacho improvisado encima de todos los paquetes de 6. La tía está apoyada encima de las botellas, escribiendo sin parar en una libreta, consultando a la vez el teléfono móvil. Genial. Esto es lo que se llama no tener vergüenza. La desfachatez de la gente me deja de piedra. Me da mucha pereza tener que dirigirle la palabra, no tengo porqué. Y el tema del agua lo tengo mirado con lupa. Belleza tiene un residuo seco a 180ºC de 26. Infinitamente inferior al resto de marcas. Que si mineralización débil, que si mineralización fuerte, que si es más dura o es más blanda, que si es más alta en bicarbonatos o más baja en nitratos... ¡Mentira! ¡Todo mentira! En lo que realmente hay que fijarse cuando uno lee la etiqueta de un agua mineral es en el residuo seco. Y punto. El resto es puro márketing. Ni Fontzoya, ni Lajarrón, ni Solán de Vacas están a la altura de Belleza. La chica del abrigo marrón continúa a lo suyo pero yo me agacho, alargo un brazo, desgarro un plástico y logro sacar la botella. ¿Alguien creía que iba a irme con otra marca?



"Descalzos en un columpio" Capítulo 1.
     

viernes, 27 de abril de 2012

El hijo de la manzana

A. H 

Aquí, los termómetros empiezan a marcar los 38 y las noches no tienen fin. Son los últimos coletazos de julio y me estoy volviendo loco. Esto se ha convertido en un campo de batalla. Una batalla que estoy perdiendo. De madrugada se encienden las luces en mi habitación y no se apagan hasta que acabo consumido por la desesperación o victorioso pero sin apenas tiempo para descansar. Antes de meterme en la cama suelo hacer un reconocimiento previo, casi siempre a media luz porque odio las luces fuertes. Un reconocimiento que normalmente no sirve para nada aunque a veces se cobra alguna víctima, lo cual me las hace prometer muy felices hasta que ocurre lo inevitable. Bueno, eso de prometérmelas muy felices sobre todo pasaba las primeras veces. Ahora me es imposible entrar en la cama sin dar por hecho que voy a salir de ella en cualquier momento, con el trágico presentimiento que me tortura, que me hace estar alerta ante cualquier ruido inaudible. Esto ha empezado a ser habitual, tanto que podría pasar ante los ojos de un espectador ajeno a la historia como un sonámbulo muy metódico y disciplinado; eso sí, sin que ese espectador pudiera ver mi rostro demacrado y ojiplático, rematado por un toque paranoico. El día que por culpa del ruido y la luz desperté a mi hermano en mitad de la noche, abrió la puerta de mi cuarto y me encontró subido a la cama empuñando un pañuelo de papel arrugado y con la vista perdida hacia una esquina del techo, fue cuando me di cuenta de que estaba ante un serio problema. Le conté todo, ya llevaba semanas con esta historia pero hasta el momento me la había guardado. Pero ha alcanzado tal relevancia, ha influido de tal manera en mí y en los que me rodean que me ha sido del todo imposible ocultarla por más tiempo. Mi cuarto es interior, así que nuestros dormitorios están separados por un tabique que termina en dos hileras de ladrillos transparentes para que al menos, durante el día, me pueda entrar algo de luz natural del cuarto de mi hermano que goza de unos grandes ventanales. De esta manera, si a uno de los dos le da por encender la luz de madrugada, la habitación vecina también queda en parte iluminada. Le enseñé orgulloso todas las marcas de sangre en las paredes, como trofeos de guerra. Al fin y al cabo son mis enemigos y cuando mato a uno me siento más vivo. O son ellos o soy yo. Mi hermano, pese a que al principio se mostró algo contrariado al verme en unas condiciones deplorables, en medio de una escena dantesca y sometido por unos simples mosquitos, acabó recurriendo a algún comentario jocoso del estilo: “Parece que vivas en Atapuerca, macho, con esas pintas que llevas y todas las paredes pintarrajeadas de sangre.” Intentó ayudarme unos cinco minutos pero se cansó, además yo no quería que lo hiciera, no los conoce, no está acostumbrado, hay que ser demasiado frío y silencioso, no moverse apenas, vamos, actuar lo más parecido a un camaleón, un camaleón de mimética estéril. Lo que sí le he repetido desde entonces en incontables ocasiones es que por favor no deje abiertas las ventanas de su dormitorio y si las deja que no deje abierta la puerta y en el caso en el que la deje abierta que cierre la de mi dormitorio. Ya hemos discutido acaloradamente por este tipo de cosas, así que creo que lo ha tomado en serio y lo hace. Ahora he empezado a pensar que esos hijos de puta entran por cualquier grieta inverosímil. Lo que no puede ser es que yo entre por la puerta casi de perfil, con extremo cuidado y en cuanto apago la luz comiencen los horribles zumbidos. Parece que estén ahí, agazapados, esperando a que se haga la oscuridad para lanzarse a mis oídos. A veces hacen acto de presencia de forma instantánea, otras veces a los dos o tres minutos cuando ya estoy embargado por la emoción a punto de cantar victoria y las peores ocasiones son cuando ocurre a los diez o quince minutos en la fase rem más demencial que un ser humano pueda experimentar. Vuelvo en mí, de forma violenta, salto de la cama como un resorte, agarro el cable de la lamparilla de noche y una vez encendida procedo a encender todos los demás flexos y lámparas hasta llegar al interruptor de la pared que enciende la del techo. Y en medio de esa alucinación comienza la batalla. Me agazapo, observo tembloroso las cuatro paredes y sus respectivas sombras, espero cualquier movimiento, me derrito en sudor y furia, brinco contra una pared, lanzo un trapo mojado a la otra esquina, despliego desasosegado el pañuelo de papel, no hay cadáver, ha escapado y estos son como los toros, una vez los has intentado matar se acuerdan de ti y saben qué hacer, la guerra no ha hecho más que comenzar, una guerra que a veces no acaba hasta que acaba la noche. Como ya probé con tapones, incluso a embadurnarme de repelente y no ha servido apenas de nada voy a probar con algo diferente, algo natural. Ha ocurrido mientras fumaba en la galería de la cocina y he visto una de esas palometas peludas, cuando he pensado “seguro que esos bichos se comen los mosquitos” y más tarde he seguido pensando que si no son efectivas conseguiré como sea alguna lagartija o salamanquesa o sabe dios el animal que sea depredador de mosquitos. Y es que no son unos mosquitos cualquiera, son gordos y carnosos en su mayoría, de ahí que las paredes sean auténticos regueros de sangre seca; sangre que he intentado limpiar y lo único que he conseguido es extender la mancha. Mi hermano me ha comentado que está casi seguro que esos mosquitos vienen justo de abajo de casa, donde hay una especie de pequeña colonia de indigentes, acampados en un trozo de tierra que pertenece a uno de los jardines de las facultades. Sé perfectamente a qué se refiere. Aquello es un vertedero, donde hacen sus necesidades a un metro de donde duermen, en colchones infectados y donde el olor es una mezcla de vino, orina y heces. Sólo hay una mujer entre muchos hombres, lo cual provoca que a la vez que mantienen relaciones sexuales se produzcan trifulcas de cuando en cuando. En ese foco infestuoso los parásitos andan bien de salud y los mosquitos han debido desarrollarse hasta evolucionar y junto a las moscas revolotean a sus anchas formando pequeños tornados magnicidas. Todo esto está pegado a las ventanas de la secretaría, cerradas a cal y canto, por supuesto. Facultad de Humanidades, creo, menuda paradoja, menuda paja mejor dicho. Enseñan humanidad frente a lo más denigrante del ser humano. Lo que me resulta verdaderamente chocante es que hay dos cámaras de vigilancia apuntando en cada extremo del basurero que se han montado. Se podría decir que hasta tienen protección o que son observados 24 horas como en un Gran Hermano venido a menos. Todo se andará, digo yo. La mayoría de días paso por delante e incluso una vez coincidí en la cola del supermercado con uno de ellos. El peor, el más sucio, iba delante mío con un paquete de pilas, yo llevaba uno de esos enchufes antimosquitos que nunca funcionan, algo le acompañaba, alrededor de su cabeza aleteaban un par de moscas, él contaba los céntimos, yo contenía la respiración. Esos bichos que creí reconocer como moscas se comportaban fieles como ese tipo de mascota que uno lleva consigo a todas partes, un loro, un hurón, lo que sea. Revoloteaban un poco sin alejarse para enseguida volver a posarse en ese esparto grasiento que tenía su dueño por pelo. Cuando él dio un paso brusco para irse me fijé que los insectos se quedaron un segundo despistados en el aire y rápidamente con un magnetismo admirable volaron hasta aterrizar en su nido de cochambre. Respiré aliviado, por un momento pensé que los heredaría y me los llevaría puestos. Estuve un buen tiempo rascándome la cabeza. Una cabeza que está empezando a ir mal por culpa de los acúfenos, supongo que todo acaba derivando en algo y a mí no me debe quedar mucho tiempo para quedarme tarado. Cuando hoy volvía a casa por la noche he vuelto a pasar por delante de los indigentes y los he visto dormir tan plácidamente en una sinfonía de ronquidos cada cual más presumido; de la rabia que me ha entrado ha aflorado una idea sobresaliente: “Cualquier noche de estas me hago con una lata de gasolina y los riego a todos para acabar de una vez con este caldo de cultivo como se hace con las montañas de basura. Me fumaré un cigarro mientras escucho sus últimos ronquidos y después lanzaré la colilla para que todo quede calcinado. Que no quede viva ni una mosca.”



 
D. H

Han pasado muchas cosas desde entonces aunque desde entonces no sabría decir cuanto tiempo ha pasado. Cosas buenas. Lo he solucionado. Sí, lo he solucionado y lo digo con total convencimiento. Me parece increíble que todo haya terminado. Apunto estuve de enloquecer por la vigilia. Seguí probando con remedios estériles, mi cuarto se ha convertido en una pequeña jungla doméstica pero no me importa. Ahora pocas cosas me importan. Una vez alcanzado el descanso absoluto casi nada me importa ya. Los últimos días me retorcía de calor, me cubría la cabeza con la sábana pretendiendo aguantar el bochorno hasta quedar dormido. Giraba a la derecha, a la izquierda y así unas cuantas veces hasta que sacaba la cabeza y los volvía a sentir planeando alrededor de la habitación como aviones de combate aproximándose a mis oídos a punto de atacarme en cualquier momento. Casi derrotado volvía a levantarme para reanudar el espectáculo. Un espectáculo que casi me saca de la escena. Y llegó la gran noche en que quemaba mis últimos cartuchos. Solté reptiles, lepidópteros y saprófagos. Los dejé encerrados durante un rato y me fui taquicárdico a la cocina como si de una sala de espera se tratase. Volví a la hora, entré en la habitación, cerré la puerta y me senté en la cama a observar. Cuando vi que las lagartijas se comían a las polillas y los mosquitos seguían campando a sus anchas me sentí tan desquiciado aquella noche de estreno que me encerré en el baño y no salí hasta que amaneció. No dormí ni un minuto pero esto ya no era lo peor, me estaba ahogando de calor y hasta me costaba respirar. Me duché con dificultad, estaba esquelético, últimamente apenas comía por falta de apetito. Cinco minutos después de la ducha sudaba a chorros, así que se me ocurrió salir a comprar un ventilador y en qué buen momento pensé que quizás habría alguno, aunque fuera del siglo pasado, en el trastero. Allí estaba, frente a todos los desechos de vidas anteriores, cosas que en una época sirvieron para alguien y que ahora aun sirviendo para algo no valen para nada. Pilas de apuntes eliminados de la memoria, intervíus imposibles de olvidar. Un armario que en otro tiempo fue mi armario y una medianoche me lanzó todos sus espíritus a la cara. En su interior hay trajes que ya nadie se pondrá nunca, el del servicio militar de mi padre, el vestido de novia de mi madre, el de mi comunión. Aún brillantes todos ellos, polvorientos pero brillantes. Bajo los percheros una cantidad ingente de libros, algunos juegos de mesa y maletas vacías sin viajes por hacer. Y en los estantes de arriba, asomando los picos de los marcos de los cuadros de todos mis antepasados. Inmortalizados en su momento por un tatarabuelo espiritista que dicen, se comunicaba con los difuntos a través de sus zapatos. Hoy todos ellos relegados al olvido, cara a la muerte. Una vez más volví a no atreverme a sacarlos de ahí y bajando la cabeza lo encontré, tapado por todas aquellas indumentarias, ahí había un ventilador. Conseguí desencajarlo y unos cuantos libros de historia y algún kamasutra se volcaron por todo el armario. Jamás había visto ese cacharro, marca “Appleson”, gris metalizado con dos roscas plateadas, una para el temporizador y la otra con cuatro posiciones: 1.Corriente siberiana, 2.Brisa caribeña, 3.Fiebre en Luxor y 4.Tempestad en Laos. Al final subí a casa con el ventilador, un puzzle de mil piezas de la catedral de no sé dónde y alguna revista. Sólo había que esperar a que funcionara y vaya si funcionó. Dormí durante horas, despertaba incrédulo y volvía a dormirme, los mosquitos jamás volvieron a molestar, temerosos de de esa ráfaga de aire entre el ventilador y yo. Esa ráfaga que de alguna manera conseguía envolverme, protegerme y hacerme suya. Hasta ahora sólo he probado la segunda posición, no necesito nada más, es un vaivén tan suave, tan agradable. Me he entregado en cuerpo y alma a la Brisa caribeña. He aprendido a preparar daiquiris de fresa, pongo música exótica y relajante y cuando me tumbo y cierro los ojos siento que estoy en un lugar paradisíaco. Duermo a todas horas, cualquier momento es idóneo para dejarme penetrar por esa calma, ese zigzagueo somnoliento que me transporta a sueños tropicales. Sin embargo hoy ha ocurrido algo alarmante, he despertado del todo desconcertado, empapado en sudor en mitad de una pesadilla. He mirado el ventilador y estaba parado, no ha sido el temporizador porque no funciona desde que lo probé, está suelto. Lo peor de todo es que he vuelto a girar la rueda hacia la Brisa caribeña pero ya no la selecciona, está como pasada de rosca y sinceramente estoy muy preocupado. Ha llegado la noche y he de tomar una decisión.
1.Corriente siberiana: Formando una especie de iglú con todas las mantas que he encontrado en casa he alcanzado una temperatura soportable para el sueño, un sueño que me ha llevado a los Urales y en lo alto de una montaña juego al ajedrez con Rasputín, como si de la muerte se tratase. Él lleva una bola de plastelina y la va moldeando y deformando mientras yo pienso mi jugada y cuando le toca a él mover me la lanza como si se tratase del tiempo. Yo intento hacer lo mismo que él pero está demasiado dura, ni con todas mis fuerzas lo logro y siento verdadera frustración por no conseguir emularlo. Muevo las piezas como me viene en gana, la torre en diagonal si es preciso o hago saltar al caballo las veces que sean necesarias, lo miro de reojo temiendo que se dé cuenta, sintiendo un cierto placer por lo arriesgado del asunto. De todas maneras es imposible vencerlo y la montaña empieza a hacerse cada vez más estrecha y angulosa, apenas queda superficie para sostener el tablero, lo voy perdiendo de vista hasta resbalarme por una de las laderas, aterrizando en el suelo de la habitación. A gatas y tieso de frío he llegado hasta el enchufe que conecta el ventilador y lo he arrancado y una vez en pie aún tiritando y soltando vaho por la boca he observado algo terrorífico: En una esquina, el puzzle que había traído está terminado, pero horriblemente hecho, totalmente desfigurado, una polvareda de piezas mal encajadas que hasta forman en relieve una especie de choza. En la tapa de la caja se puede leer: “Catedral de San Petersburgo” Me duele.
3.Fiebre en Luxor: Me han secuestrado y me han metido en una tetería. Me sudan hasta las suelas de los zapatos, la ola de calor es sofocante. La humedad hace que todo huela apestoso. Ahora sé que el Nilo no es más que el sudor de toda la población de Tebas. Unos moros me están machacando a preguntas que ni siquiera entiendo. Quiero salir de aquí como sea. Me dan de beber, fumo en pipa y ahora llaman a una bailarina. Nos hace la danza del vientre. Ellos la manosean, yo no. Se ofrece para acompañarme a una salita, acepto. Pienso que es una fantástica manera de librarme de mis secuestradores. Cuando me levanto, uno de ellos me agarra del brazo y dice algo en tono imperativo. Entiendo que se refiere a que antes debo pagarla. Sé que no llevo dinero, sin embargo hay una especie de pergamino en mi asiento, lo cojo y sin que se den cuenta lo troceo intentando que eso trozos parezcan billetes. Les enseño el fajo y me dejan marchar. En ese momento pienso: “La vida no es tan mala como parece” Despierto en la cama pero con la garganta seca y asfixiado. Intento moverme pero estoy pegado a un charco de sudor y polución nocturna. Consigo levantarme, apago esa máquina del demonio y observo que debajo de mí, en ese charco hay un enorme papel. No me creo que pueda ser lo que creo que es. Está doblado, mojado, arañado. Es el póster que yo una vez quise regalar. Aún se puede leer en una esquina del reverso “Para cuando vivamos juntos”
Se trata de “La vida es bella” Es cruel.
4.Tempestad en Laos: Es mediodía. Camino hacia el trabajo como tantas veces. Conforme me voy acercando al antiguo cauce escucho al flautista que suelo oír cuando hago siempre esta ruta pero esta vez sigo la estela de su melodía. Subo por el puente del Mar, el puente más bonito de la ciudad. Llego hasta la mitad y descanso en uno de esos asientos de piedra. El sonido viene justo de abajo, del estanque. Encuentro a mi lado una baraja francesa, me entretengo barajándola mientras disfruto plácidamente de la música. Esto me empieza a recordar a algo. Nadie cruza el puente, estoy solo pero no me siento solo, pienso en ella. Dejo de escuchar al flautista y una vestisca traicionera me arrebata las cartas de la mano, todo vuela por los aires. Me asomo hacia abajo, una chaqueta de cuero abierta flota en el lago y todas las cartas acaban en el agua y en los ases, en lugar de la A aparece un interrogante. Es una imagen descorazonadora. Comienza a diluviar , una multitud de chinos asustados cruzan el puente, yo quiero bajar a por esa chaqueta, quiero mirar lo que hay en los bolsillos, si encuentro su móvil dentro entonces sabré por qué lleva tanto tiempo sin responderme. Ya casi no me puedo mover en medio del aguacero, los truenos van a partir el puente por la mitad y yo caeré donde quiero, a los brazos vacíos de esa chaqueta y recogeré las cartas del agua, las secaré como pueda para seguir en la partida ¡pese a todos los interrogantes!



Precisamente suena un teléfono móvil, es el mío, tengo que despertar. Abro los ojos, mi cama es una barca en medio del océano. Doce llamadas perdidas de mi hermano. El agua cae hasta del techo, el ventilador se ha vuelto loco, va alternando posiciones, está totalmente desajustado. Pongo los pies sobre el agua, suena otra vez el móvil, mi hermano, me dice lo siguiente: “¿Dónde estás? ¿Estás en casa? ¿No te has enterado? Esta mañana han desalojado a los mendigos y esta tarde se han vengado ¡han incendiado la facultad! ¡y el fuego se ha propagado hasta nuestro edificio! ¿Estás bien? Los bomberos ya llevan un rato aquí, han evacuado a todos ¡baja en cuanto puedas!”
Ni siquiera me pongo las zapatillas, cojo las llaves, miro el ventilador totalmente desequilibrado. Durante un segundo pienso en apagarlo pero no hay tiempo que perder. Salgo de casa, bajo rápido por las escaleras, no se escucha ninguna algarabía, no observo humo ni fuego por ningún lado. De uno de los pisos se escapa una melodía, rebotando dulcemente por el hueco de la escalera. Es el “Por qué te vas” de Jeanette. Me acompaña en mi descenso. Conforme voy bajando más se escucha menos. Por fin llego a la planta baja. Camino lentamente hasta la puerta. Nada más salir está la playa y un cartel que pone Londres.

lunes, 10 de octubre de 2011

El mito de Kaldero

(1)Una calma vaga ondea en el éter, una música ambiental, un misticismo ilusorio del que emana un vapor profundo intentando despertar el alma de nuestro protagonista; recluído en la desdicha, inmerso en las sombras de su pasado. La naturaleza lo llama, o tal vez, quién sabe, es alentado por una fuerza sobrenatural que lo reclama y lo eleva otra vez a la vida (2)con alas de mariposa, en un nuevo comienzo. Ahora se trata de una melodía que hace flotar en el ambiente un cierto aire de amenaza: "Preciosos ojos, la mariposa, un nuevo comienzo de nuestra historia."(3)Y para el mejor comienzo, la elegancia de un vals; introduciendo sigilosamente la historia como si de una leyenda se tratara. Toda una orquesta dando la bienvenida a nuestro héroe, el cual (4)aún nada en el humo de la duda, irascible ante todo lo que le rodea, descubriendo poco a poco la verdad...sí, ya se va forjando lentamente su personalidad arrebatadora, coloreada de un naranja provocador.(5)Busca el arte y busca un lugar que lo posea, un lugar todavía virgen a los trazos de la polución. ¡Suecia! Agasajado por unos coros casi sectarios canta ensalzando todas las virtudes de este pequeño gran pueblo haciendo mención a los célebres personajes que de allí surgieron. Y deseando, casi sintiendo haber nacido en la cuna del arte, formula cientos de preguntas de las que recibe respuesta:(6)Unas voces corales, como de ángeles del Cielo, acarician los oídos del confuso, abrigado por el suave clasicismo que lo ampara, recibiendo de la lírica un sonido y de la música unas palabras: "Porque el cielo es azul me hace llorar. El amor es viejo, el amor es nuevo. El amor es todo, el amor eres tú." (7)Y un estruendo avasallador rompe la calma y perfora nuestros oídos, gimiendo. Acaba de aparecer, es Nietzsche. Y el nihilismo ya lo invade. Se agita de entre las entrañas de la tierra hasta alzarse de una vez, por sí mismo, con su luz tan cegadora a los ojos de la escoria. ¡Sí! ¡que nuestros pensamientos tengan la intensa fragancia de un campo de trigo en los atardeceres de estío! Si alguna vez hemos llevado cadenas, tenemos un fino oído para el ruido de éstas: la muchedumbre se aproxima; pero es tarde, nuestro héroe se ha consolidado al placer de su propia alma. (8)El gallo grita al amanecer: ha nacido el Superhombre y ha muerto el Gran dios. Nunca la multitud fue tan bien recibida a mis ojos, esos hippies con sus ropas fascinantes, esa estética ilustrada por el sol...¡esas voces del delirio en la fiesta por la muerte del Señor! Nunca más la esperanza comerá almas, ni la fe arrancará corazones ¡¡¡Ha nacido el Superhombre!!!(9)Pero tras la tempestad llega la calma. ¿Quién dijo que no pudiera haber una tempestad de flores? Y en la calma se denota la tristeza de una vida empeñada en la pobreza del deseo. Y las lágrimas enlazan la desdicha del pasado con el atardecer del sol. Y al crepúsculo llovió melancolía. Siempre quedan dulces recuerdos para los pequeños soñadores mas ahora en el sueño está el presente y en la vejez prematura, el poder eternamente.(10)Y a un niño que aún no ha crecido en la vorágine de la ciudad, en el imperio de la antropofagia...se le llama niño a tiempo, a tiempo de ser libre, a tiempo de ser él en su divina esencia y en su máximo esplendor. "Niño a tiempo, dulce niño a tiempo, no te mezcles con el humo, no respires desazón. Entrégate a tu fuerza y destruye al adversario que te quiere reclutar en el ejército terrenal. Has crecido y estás listo." Y estas palabras emergen de la boca inteligente en convulsiones de éxtasis creciente hasta alcanzar el fragor de una voz que en trance aúlla augurando la desdicha.(11)Inmerso en la cripta, reza Kaldero por un alma adulterada, por un niño que portaba las estrellas en sus ojos y cayó del universo y hoy yace restringido su talento, en la tierra de los muertos. "Testigo de un crimen he sido" Hoy el Superhombre ha perdido un hijo y deberá descansar tras esta ceremonia, la ópera del desencanto.(12)Una atmósfera embriagadora lo atrapa. Sumergido en la sensualidad de una nana hindú, el elegido descansa y sueña voces que platican enseñanzas: "Hablábamos del espacio que existe entre todos nosotros. Y de la gente que se esconde tras un muro de ilusiones. No vislumbran la verdad mas que cuando ya es demasiado tarde y ha transcurrido su vida. Intenta darte cuenta de que TODO está dentro de ti."(13)Absolutamente TODO. Porque el hombre es el planeta más pequeño del universo. Y cuando el cáncer aparece sólo es posible llorar con los puños cerrados. (Una enfermedad demasiado familiar) Y si un piano suena en una habitación vacía es porque el aire de este mundo está vivo de venganza. Kaldero también llora pero lucha pues posee la mente más poderosa. ¿Y logrará restablecer la salud que a su madre le quitaron? Quizás en otra historia. Ésta es la épica de la tristeza y el sueño de ser niño hecho trizas en la brisa. Y el desencanto certero: vuelve el hombre a Kaldero. Y la tormenta lo acecha y precipita sobre su cabeza los rayos mundanos de la desidia.(14)Y esta alma vuelve a vagar por los senderos de la mediocridad, insegura, de una forma fantasmal, por las orillas del bien y del mal, vacilando en sus pisadas por la rexa de las playas, al albor de una velada sanguinaria. (15)Y el piano enclaustrado en su memoria vuelve a sonar a golpes de sentencia, enmarcado en la lúgubre y sombría habitación del suicidio. Y el tacto de sus labios le produce un escalofrío sideral: ESTA VEZ ES ADIÓS. Y le envuelve un tornado de aflicción y la hoja se desliza temblorosa por los surcos del destino sin llegar a hendir su cobardía. Y no sé cómo expresarlo: prefiero morir en manos de otro. Soy humano, uno más. Moriré como cualquier incauto, vulgarmente, sin leyenda. Porque hay una luz que nunca se apaga (16)y las fábulas están para cumplirlas: (así dice la canción): "Érase una chica que flotaba por el mundo hasta que llegó a un lugar deshabitado. Érase un chico que amaba la música de ultratumba. Y allí se encontraron los dos hasta que un día él se despidió, diciendo: No me importa si estás enfadada o triste: YO y las estrellas estamos por encima de ti. No me importa lo que está bien o está mal y no me importa tu ciudad esta noche, así que quédate, quédate." (La niñera lloró durante toda la noche y un día después "abandonó las paredes de su jardín, diciendo: no me importa si estás enfadado o triste, YO y las estrellas estamos por encima de ti..." y reanudó su vuelo.(17)Y ese chico que de nuevo dejó atrás la oscuridad y el hastío, encontró a la quimera deseada. Y gritó con avaricia: "¡Demasiado joven para morir!" aunque demasiado viejo para sobrevivir (dos reencarnaciones son demasiadas) Pero mientras la luz se columpie en mi alma, habrá una linterna en mis ojos, alumbrándome el camino. ¡Sí! lo he pensado mejor y soy demasiado joven para morir y ¡no me rendiré a nada! (18)Así que...no te compartiré, sí, así dice el crooner en la balada, cantando con la suavidad del adiós: "No te compartiré, no te compartiré. Con el instinto, la ambición y el ardor que siento, ahora me toca a mí. Mientras leía el relato que escribí, ella dijo: "·¿Se me ha subido el champán a la cabeza o es que la vida es morbosa y cruel?" ¡Sí! No, no, no, no... no te compartiré. Con el instinto y la ambición que llevo dentro, esta es mi oportunidad. La vida suele venir para luego irse, es importante que lo sepas. Quiero la libertad y quiero la astucia. Te veré alguna vez...te veré en algún lugar..."





BSO



A:

1. LAZY CALM. Autoría: Cocteau Twins
2. BUTTERFLY (A NEW BEGINING) Autoría: Mansun.
3. VALS Nº2, JAZZ SUITE. Autoría: Shostakovitch.
4. ORANGE. Autoría: The Dandy Warhols.
5. SWEDEN. Autoría: The Divine Comedy.
6. BECAUSE. Autoría: The Beatles. Interpretación:Vanessa Mae.
7. NIETZSCHE. Autoría: The Dandy Warhols.
8. GREAT HOSANNAH. Autoría: Kula:Shaker.
9. IT WAS A VERY GOOD YEAR. Autoría: Frank Sinatra.



B:

10. CHILD IN TIME. Autoría: Deep Purple.
11. WITNESS TO A MURDER. Autoría: Mansun.
12. WITHIN YOU WITHOUT YOU. Autoría: The Beatles
13. CANCER. Autoría: Mansun.
14. REXA. Autoría: Manta Ray.
15. THIS TIME IT'S GOODBYE. Autoría: Perry Blake.
16. BLACK OR BLUE. Autoría: Suede.
17. TOO YOUNG TO DIE. Autoría: The Divine Comedy.
18. I WON'T SHARE YOU. Autoría: The Smiths.




En 2002.

martes, 26 de julio de 2011

Ensayo sobre la testosterona

Algún día os hablaré de mi videoclub virtual, de “Las 24 paradas de Navajas”, de “El Virgilio” y algunas más. Os contaré la historia de “El hijo de la manzana”, de la brisa caribeña, de cómo viajé a Siberia a través de unas aspas, de cómo un ventilador encontrado en un trastero influyó tanto en mis sueños. Haré dramatizaciones del absurdo cotidiano, generaré polémicas entre los conciliadores, guerras entre los pacifistas y pasiones entre las mujeres. Inventaré apodos para los cómicos, apodos traicioneros y sarcásticos. Buscaré hasta debajo de las tumbas todos los trapos sucios de los intocables periodistas de la telebasura. Reinventaré el juego de las damas, en la que cada ficha represente una figura de mujer de arrebatadora belleza y jugaré con ellas a arrebatarles la vida. Crearé el ministerio de la sonrisa erótica y lo presidiré en cada viaje organizado de placer. Experimentaré con los sueños lúcidos y cuando alcance la monotonía aprenderé a desdoblarme y en los momentos de tedio practicaré la combustión espontánea hasta alcanzar un día el final perfecto de mi materia orgánica. Leeré a Masoch y lo llevaré a la práctica en el instante más romántico de mi existencia. Cuando viva solo recrearé en un mural “La ciudad de los loros.” Seré el mecenas de un cómic surrealista que contenga los personajes agusanados del niño muerto. Boicotearé bodas con el “t.o.c” de El Hombre Burbuja. Conseguiré hacer el pregón de mi ciudad natal y emulando a Bukowski, subiré al escenario empuñando una botella, completamente borracho improvisaré versos fantásticos para acabar confesando que mi origen fue un accidente más de la burocracia. Me entregarán las llaves, las perderé y cambiarán la cerradura; escribiré un relato sobre ello y sobre “El extraño caso de Agus.” Ampliaré el campo de batalla. Conseguiré contratar a Najwa para que se interprete a sí misma a través de mis ojos en “Nada ha sido un sueño.” Compraré a tocateja el “Espantador” de Ripollés ante la mirada atónita de la dependienta, me sentaré a observarlo las noches de borrachera. Robaré un Barceló, lo pisotearé y lo venderé por el doble de su precio a algún alemán devoto. Provocaré el mayor apagón de la humanidad de todos los iluminados. En una forma más de apuntarme a la vida, me informaré sobre el enésimo curso de la enésima mentira pero acabaré en un viaje al fin de la noche y alcanzaré París. Yo también fabricaré una casita de cerillas sobre la tumba de Baudelaire. Además de desdoblarme, aprenderé a escanciar sidra, a abrir una botella de cerveza con un mechero e incluso a conducir un coche. Firmaré el Manifiesto Desastre y si al final no consigo arder, moriré en la zona sucia de alguna carretera. Desapareceré allí, en el acto, en el más inexplicable. Pero ahora he de deciros que tendréis que perdonarme, sólo por esta vez, sólo por un momento. Ese momento eterno que hace que todas las ideas vuelen de la cabeza y se posen en el limbo para siempre. En una maniobra de honestidad brutal como Calamaro haciendo apología de La Fiesta Nacional, valga o no valga, mi próxima búsqueda en la red será: “Putanga en tanga.”

martes, 30 de noviembre de 2010

La misión (2ª parte)

Amaneció tímidamente soleado. No hacía frío, tal vez se podía sentir un frescor suave como el de una loción. Era como si la calma del Pacífico se hubiera instalado justo en medio de la ciudad. Hacía un día de esos en los que si por casualidad se te apareciera el diablo, le concederías el beneficio de la duda. Pero en lo que no dudé ni un minuto fue en coger el primer 32 camino al centro. Hasta las viejas del transporte público me parecían menos irritantes que de costumbre. Llegué a cerrar los ojos durante un rato, la noche anterior había sido épica y etílica al mismo tiempo. Sólo un leve escalofrío se escapaba de mis huesos, por el resto no había resaca alguna. La poca velocidad, sumada al leve balanceo del autobús, me hizo tener la sensación de cruzar en barco el antiguo cauce del río T.
Bajé en la última parada, fui caminando hasta la Plaza del A. Había bastante gente, algo que no me importó, hasta pensé que me convenía permanecer en medio del tumulto para pasar inadvertido. Sin embargo, hacia la mitad, pasado el edificio de C. había cámaras de televisión grabando a un tipo escuálido y sonriente que intentaba entrevistar a los viandantes con un micrófono más grande que su cabeza. No conseguía parar a ninguno, supongo que se asustaban al ver un enorme micrófono apuntándoles con una boca detrás, sobresaliendo por los lados. Pensé que seguro me acabaría por enganchar a mí, para estas cosas tengo muy mala suerte y muy pocas cosas que decir y más tratándose de cualquier tema de actualidad. Me iba acercando, intentaba caminar hacia atrás pero en realidad creo que lo que realmente hacía era caminar muy lento, mientras empezaba a plantearme qué decir en el caso de que finalmente no tuviera otra opción que hacer el ridículo, con el ridículo. Un intento por resultar gracioso como “lo siento, no domino los temas de actualidad pero si quiere puedo opinar sobre otra cosa” se quedaría en eso, en intento. Y encima le daría pie a que me preguntara cualquier otra cosa que tampoco supiera. Llegué a la recta, uno de los cámaras hizo ademán de enfocarme, las dos o tres personas que tenía delante se ladearon, me quedó el pasillo libre, malditos.. Era como si me hubieran tendido una trampa en forma de alfombra roja. Me quedé parado, me hice el despistado buscando algo en el bolsillo, algo que no era nada y de repente... vi la luz en forma de cajero automático. Solamente tenía que esperar a que terminaran de usarlo una pareja joven pero como estaba tan expuesto a los medios.. me puse en cola, bueno pegado a ellos, intentándome resguardar. Pensé que al no ser ese mi banco me cobraría comisión pero al momento resolví que me daba igual, prefería pagar esa comisión que el peaje de la fama. De la mala fama. La que operaba era la chica y él me observó un poco contrariado pues estaba demasiado pegado a ellos y seguramente sospechaba de mi presencia. Cuando le vi bien la cara el contrariado fui yo. Se trataba de R.S el delantero centro de moda del equipo más popular de la ciudad. Ahí fue cuando temí que los periodistas, que no estaban a más de diez metros, lo reconocieran y me acabaran grabando a mí de secundario, algo que tampoco me interesaba nada por lo que ya sabemos. Aún estaba muy reciente el 5-0 del B al M de la noche anterior y a bien seguro que aprovecharían para cazar una valiosa entrevista al vuelo con preguntas sobre el citado clásico. Así que me acerqué todavía más a él para taparlo pero al notarlo incómodo y a punto de girarse salí de allí andando alocadamente sintiéndome un delincuente frustrado. Si me grabaron o no, ya no lo sé. Ya un poco más tranquilo llegué a la Plaza de la R. Ensimismado la crucé. Pasé por delante de dos agentes de policía con total naturalidad, sin levantar ninguna sospecha, además ¿de qué iban a sospechar? Quizás ni siquiera repararon en mí ya que andaban ocupados con dos guiris extraviados. Al fin llegué a la Plaza de la V. Sentí nervios. Una mezcla entre riesgo e ilusión. Me fui hacia la izquierda, subí unos cuantos peldaños para tener más campo de visión, encendí un cigarro mientras examinaba la plaza en su totalidad. Tardé como unos tres minutos o cuatro en encontrar la cabina. Interpreté mal tu información, tenía mentalmente dibujado un croquis erróneo, respecto a la disposición de las cabinas. Creía que había dos, una a cada lado de la plaza y lo cierto es que hay sólo una con dos teléfonos, uno mirando hacia la fuente y el otro hacia el edificio de D. Fui directo, sin vacilar. Nada más acercarme lo vi, estaba perfectamente envuelto, sin ningún daño o fisura, eso sí, despegado completamente con el papel de celo hacia arriba. Lo cogí de un zarpazo y me lo guardé en el bolsillo. Las únicas personas próximas a la cabina eran las de la terraza de un bar, a unos ocho o nueve metros y no parecieron darse cuenta de nada. De momento no lo he probado pero no hay ninguna duda de que es apto. Finalmente hice la contrafoto. Ha sido quizás lo más positivo. Comparando tu foto de ayer con la mía de hoy no parecen ni siquiera de la misma época del año.
Gracias por confiar en mí. Espero haber cumplido la misión de forma satisfactoria.

Esperando nuevos retos.
Atentamente J.


PD: Es bonito volver a un sitio donde sé que has estado.

lunes, 5 de julio de 2010

Noche de julio en Almussafes

Los reunió a todos en su casa. Una vez acomodados latigó uno por uno a sus invitados con toda clase de reproches. Exorcizó sus defectos y ridiculizó sus virtudes. Se sirvió una copa y encendiéndose un habano esperó a la réplica con una sonrisa de curiosidad, la cual no llegó mas que en un llanto de mujer seguida del puñetazo de un hombre. Lo dejaron solo allí sentado y durante media hora utilizaron su aseo debido a la descomposición, al llanto y a la vergüenza. Después sonó el portazo de una tragedia barata. Sintiéndose homicida se cambió de camisa y bajó a la calle para encontrar nuevos amigos. Entró en el bar y pidió una cerveza. Y la cerveza le sirvió un vino y del vino vino un whisky y del whisky otra cerveza y la cerveza le explicó que los amigos no se hacen con alcohol. Sintió rabia y la acabó de un trago, la tomó tan literal que salió en busca de una amiga. ”Una mujer a la que violar, de esas que se dejan violar” se repetía. Quiso irrumpir en el itinerario de una estudiante de medicina y cuando se disponía a asaltarla sonó el golpe seco de una moto contra un contenedor de escombros. Un reguero de sangre llegó hasta sus pies. Se quedó paralizado. La chica lo miró asustada esperando a que decidiera por los dos. Más tarde, asistían al levantamiento del cadáver pese a los esfuerzos de ella por aplicar los primeros auxilios. Como siempre, se agolpaba la gente alrededor. “Ha sido fulminante” decía una señora que acababa de llegar. La estudiante lloraba a lágrima viva pero a él no le apetecía consolarla. Inmerso en sus pensamientos se fue alejando del lugar de los hechos. Decidió que al día siguiente llamaría a todos sus amigos para pedirles disculpas y explicarles que lo de ayer sólo había sido un accidente. Y volvió a casa con sus botas manchadas de sangre.

sábado, 3 de abril de 2010

Fracaso en Borneo

Dicen que pisar una mierda de camino a una entrevista de trabajo es el paradigma de la desgracia, algo que entra directamente en conflicto con la superstición de que chafarla da buena suerte. En medio de esta controversia interna me encontraba de camino a una cita a ciegas. Sólo me faltaba eso, pensé. Del sol goteaba caldo de pollo mientras sonaban las campanas de la catedral y las 11 me enfrentaron ante un bar y ante su barra y ante las ganas de huir. El sudor se me enfrió pero siguió estando a la espera de alcanzar la temperatura que lo permitiera seguir fluyendo. Era el momento de llamarla y anularme. Pero el momento pasó y ella se dejó escuchar en un exabrupto digno de los peores comienzos: “No tengo todo el día para esperarte” y colgó. Supe en seguida que de aquel bar sólo saldría en calidad de cedido. Alcancé el punto F. Once y media. Café Borneo. No llegó a darme dos besos, sólo hizo el gesto. Le crucé la mirada y quise decirle algo que rompiera el hielo pero era implacable, tectónica y procaz. Eligió la mesa y eligió la silla. Le había apartado una para ella y se sentó en la otra y yo en la eléctrica. Resignado esperé mi ejecución.
Se me había pegado la chaqueta como la sangre a una tijera en medio corte de digestión y un trago de cerveza, fría, muy fría, como ella. Le conté algunas medias verdades y otras tantas falsedades pero no pasó por alto mis ropajes:
- ¿Por qué no te quitas la chaqueta?
A lo que respondí:
- No, soy un hombre íntegro, de una sola pieza.
Y sonrió hacia dentro, muy dentro, tan dentro... que sentí que me tragaba mis palabras. Fui al baño a vomitarlas, me mojé la cara, me sequé el sudor y oriné, oriné tanto que pensé que ya no estaría cuando volviera a la mesa. Para mi desgracia allí estaba, con el hacha afilada dispuesta a trocearme el orgullo. Esta vez pedí una copa para acabar de embalsamarme. Entonces dijo:
- ¿Y no puedes cambiar de gremio?
Me subí la bragueta, esperando que aceptara la respuesta.
Y entre las 12 y la 1 me asestó un “No me gustas”.
- ¿Entonces es un “Hasta nunca”?
- Tampoco es para tanto, habrá que decidir el “hasta cuándo”
- Sabes... A veces no importa tanto el cuándo como la calidad del cómo
- ¿Qué demonios bebes?
- Un gimlet. Sí, es la bebida de los perdedores.

martes, 19 de enero de 2010

La muerte tenía un tercio

Indicado por unos operarios con cara de escarabajo bajé por unas escaleras hasta un sótano empapelado de flores secas. Allí estaba la muerte, sentada en un despacho, revisando un atentado frustrado, con un tercio en la mano. Bebía a tragos largos. Llevaba gafas y antes de dirigirme su mirada mortal eructó y de su boca salieron pompas fúnebres. Por fin, con una voz de ultratumba y una vista cansada, muy seria me dijo: “Te presentas aquí sin pedir hora, sin haberme dado anteriormente señales de muerte, hasta para morir tenéis prisa. No hay remedio para vosotros, los suicidas inusuales. ¡Si no sabéis lo que queréis! ¿Para qué os quitáis la vida? ¿No pensáis que detrás de todo esto hay un trabajo? No se puede morir uno sin avisar. ¡Esto no es un juego! A ver, ¿tú te lo has pensado?” Me encogí de hombros: -“Hombre, yo... estoy enamorado” A lo que respondió más seria todavía: -“Te voy a ser franca. Has ingerido una cantidad considerable de pastillas y nos has metido a todos en un lío. Yo no tengo mucho tiempo, mañana va a morir el Papa y quiero que todo salga bien. En tu informe dice que te niegas rotundamente a trasladarte al lugar que tu empresa te ha destinado. La chica que has conocido hace tres días y de la que estás enamorado no se arriesga a dejarlo todo e ir contigo. Tú no te sientes con fuerzas para dejar de verla, es más, crees que la vas a perder y en un arrebato de desesperación te has comido una farmacia entera. ¿Qué hacemos contigo? ¿Tiramos para adelante o te arrepientes?” Me sequé el sudor que poco a poco se había enfriado, sentía frío en todos mis miembros, empecé a sentir la oscuridad del túnel y la mortaja acariciándome, adormeciéndome.
Precisamente en mi miembro más viril notaba un trozo de hielo, inamovible, sin riego.-¿“Y no puedes matar al que se ha quedado el puesto que yo quería?" -“¡Imposible! Ese tío es muy mala persona, el infierno está colapsado y hasta que no acaben la ampliación tenemos orden de no enviar a nadie. O eso o ¡que empiecen a bajar el listón del Cielo!” -“Y si acepto morir, ¿no podrías matarla a ella también?” -“Por poder podemos, pero no te serviría de nada, ya que al pedirme esto estando aún consciente, contaría como pecado mortal y tú entrarías en lista de espera para ingresar en el Infierno y ella iría al Cielo.” - “¡Pero si renuncio al trabajo y luego fracaso con ella seguramente vuelva por aquí!” - “Mira, chaval, pese a que los soplos no entran dentro de nuestra política de muerte, voy a hacer una excepción para evitarte un viaje innecesario. Esa chica sólo te quiere por el dinero. Si dejas el banco la pierdes.” Mis dedos se estaban transformando en témpanos de hielo y mi tráquea en una tubería oxidada. “¿Tan segura estás de lo que dices? ¿Acaso conoces el futuro? Quizás.. con el tiempo ¡acabe enamorándose de mí!” - “¡Maldita sea!” dijo la Muerte, “¡Es muy sencillo! ¡O irte a Suiza o suicidarte!”

jueves, 3 de diciembre de 2009

La oreja

Siempre he creído firmemente que los deseos de un hombre no pueden ir mucho más allá que los de un animal, sin embargo, hoy he despertado magullado por mis propios anhelos. Tembloroso y dolorido, asustado por un sueño. ¿En qué morada de mi memoria habitaba ella? Sin darme yo cuenta la había olvidado y hoy me ha visitado por sorpresa, arrancándome una lágrima de espanto. Pero no, yo sé bien cuál es la realidad. Nada de historias de ultratumba, ni brujas, ni espíritus del mal. Ella es sólo la oscura silueta del cerrojo de la puerta del bestiario de mis recuerdos. Allí permanece, quieta y serena, esperando a ser abierta por el demonio de lo perverso que reside en mí, por mis insanos deseos de volverla a ver sonreír ante mi desgracia.
Sí, así es, no hay lugar en el mundo tan oscuro como la mente de un hombre suicida, esa es la única llave capaz de dar vida a esa pesadilla que me atormenta con sólo sentir el aliento de su recuerdo. Pensar en ella es sentirla otra vez, como una mancha de angustia que me invade, devorándome como ácido corrosivo. Pero repito, hoy he despertado arañado por mis propios deseos y es doblemente doloroso reconocer que después de todo aún la amo. ¿Después de todo?
No recuerdo con claridad qué fue todo pero bien sé que algo cambió mis días como una tempestad arrolladora destruye la calma en el océano y un oleaje de recuerdos se agolpan en mi cabeza, como piezas que no encajan, empujándome a reconstruir este puzzle de esencias.

¡Oh Dios mío! ¿pero cuánto tiempo llevo viviendo en la penumbra? Abro los ojos y no puedo apreciar mas que luces deformes en la oscuridad. ¿Ella me ha cegado o fui yo el que cerró los ojos para no verla? No lo sé pero cuanto más crecía mi odio más la reclamaba como mía y cuanto más la odiaba, más amaba su perfidia. Pero el odio tiene un límite y el amor no. Mi odio hacia ella alcanzó su grado máximo desencadenándose en un shock del que ahora despierto. Y despierto con la resaca de algunas heridas mas sin ningún rencor hacia lo que las motivó. Paradójicamente, mi amor ha permanecido estancado y dormido durante ese tiempo, cronológicamente inclasificable pese a mis esfuerzos de ver más allá de este insondable telón de enigmas. Y ese amor se desenmascara ahora como un amor tumoral, un amor maligno que brota de nuevo en el sentir más profundo de mi corazón.

Y esto ha ocurrido cuando creyéndome solo en la habitación, entre la oscuridad he podido distinguir un extraño pliegue en la cama de al lado. Una ondulación, un garabato en relieve, un trozo de carne apoyado en la almohada, ¡una oreja! Solamente una oreja. Una oreja que me hablaba: “No me mires tan extrañado, no siempre he sido una oreja, antes era un hombre. Un hombre completo pero no me gustaba escuchar, así que antes de que me cuentes tu historia, te contaré la mía.”


. . . . .


Primera parte

Creo que todo empezó aquella horrorosa noche de niebla en que marché a la villa,
situada en las cumbres de la provincia, para hacerme cargo, por un tiempo, de las tierras que mi padre me dejó tras haber fallecido hacía unas semanas. Si bien no recuerdo con exactitud cuántos años han transcurrido desde aquello, sí podría descubrir con la claridad del ayer las sensaciones de pureza, frescura y eterna juventud que me iban sobrecogiendo a medida que me adentraba en el paraje. Los dulces rayos del sol parecían señalarme e interrogarme sobre cómo podía haber ignorado, casi despreciado, desde la lejanía de la ciudad, un lugar tan sagrado. Y unas tierras a las que llegué para venderlas se convirtieron en mi nuevo hogar.

Allí pasé recluido, como en un pequeño santuario, un tiempo indefinido de paz y descanso, con la extraña sensación de no haber vivido y ser feliz, con la satisfacción de ser un brazo más de la naturaleza y con la eterna juventud en mis ojos determiné aquel lugar como el destino de mis días, compré más tierras y me invoqué a ellas prometiendo regarlas con mi sudor.

Durante semanas nos observamos. En aquellos días yo trabajaba una parcela atravesada por un caminito estrecho, un atajo por donde ella llegaba hasta una granja cercana para proveerse de leche y otros alimentos. La perseguía con la mirada, ella huía de mis ojos para luego delatarme con los suyos, entonces yo volvía a agachar la cabeza y ella marchaba rápidamente hasta alejarse del lugar, visiblemente nerviosa. Me hacían gracia sus ademanes y su sencillez. Esto se repitió muy a menudo, yo disfrutaba de su timidez y ella de mi interés pese a sobrecogerse por la atención inesperada de un desconocido. La miraba sin intención de rebajarla, sin ninguna pretensión pasional, tan sólo era la mirada de un risueño en armonía con su trabajo y encantado por sus visitas no intencionadas.

En la noche de uno de esos días en los que la gente se divertía en torno al fuego, la conocí, bailamos juntos y en aquella inolvidable velada, el mundo y todos los astros del firmamento giraban a nuestro alrededor. Fue el comienzo de algo que ya no recuerdo como acabó o si acabó. Llegó la primavera y los brumosos caminos solitarios y misteriosos, ahora eran transitados por alborotadores y simpáticos niños que acudían a la escuela trimestral, común a todas aquellas aldeas. Las faldas de las montañas florecieron, quedando estampadas de vida y rostros alegres y la soledad invernó ante la sonrisa del calor humano.

Meses más tarde, las noches se hicieron entrañables, todo el mundo se reunía alrededor de las hogueras, cantando y riendo. Conseguí ser aceptado y valorado como un miembro más de aquella selva de sueños inmediatos y es que aún me pregunto si aquello fue un sueño mas afirmo seguro que fueron los mejores días de mi vida. Toda esta indescriptible burbuja de sensaciones culminó en lo que yo sabía no tardaría en aparecer: el amor. El amor bello, el amor salvaje, integrado en el medio como una forma más de expresión de la naturaleza. El amor puro y libre como el viento helado de las cumbres, como los cálidos rayos de sol que llegan hasta el lecho de todos los enamorados haciendo amanecer, por un día más, su confortable dicha. Sé que nos seguimos viendo de forma casi clandestina, pues Dalmiro, su padre, hombre de ideas rígidas, no daba el consentimiento de que nadie flirteara con su tierna muchachita. Pero nosotros éramos un esqueje de la pasión deseando brotar y no había barreras ni normas a nuestro empuje y deseo.

Aún me acuerdo de aquella mañana de esplendor y aroma a albahaca… ¡cómo no me iba a acordar! ¡mi niña de ojos soñadores! La visité inesperadamente a su casa, a donde nunca me había atrevido siquiera a acercarme. Ella barría de forma tan singular, casi bailaba con la escoba, cuando me vio por poco me atiza con ella pero yo le tapé la boca y luego la besé, entonces me retorció la nariz, sabía que eso no me gustaba, estaba inquieta por el riesgo de que nos vieran y a la vez, exultante de alegría al encontrarme yo allí. Cuando vi aquellas llaves no lo pensé dos veces, ella me pegó en la mano y se me cayeron al barro pero las recogí, le manché la cara y le solté el pelo, reía nerviosamente intentando pararme pero yo ya había planeado la locura. Cogimos el coche de su padre y condujimos durante horas, acariciados por la brisa de la libertad. No nos dirigíamos la palabra, no hacía falta, nuestras miradas, como siempre, hablaban entre sí. Ella confiaba en mí y yo en el destino. Comenzó a nublarse el cielo pero atravesamos la lluvia hasta llegar al mar y de repente, el atisbo de un rayo de sol nos alumbraba los rostros, la tormenta se había marchado. Totalmente empapados, brindamos por nuestra suerte con la botella más grande de champán y el azul del océano como testigo. Al fin, con una ensoñadora sonrisa me preguntó: “¿Tú conoces la tristeza en el amor? ¡Yo no!” y le respondí: “¡Yo sólo conozco la locura en mi corazón!” Ella no lo sabía pero su mano ya me había sido concedida.


Tres o cuatro años después.

Tumbado en la tierra, rodeado de malas hierbas, solía despertar a menudo. Los rayos del sol volvían a señalarme, a juzgarme y a quemarme en la cara la poca vergüenza que me quedaba.
Una vez me encontró mi hijo, el pestazo a alcohol, la voz ahogada y el ramo de flores aplastado bajo mi chaqueta le hicieron huir rápidamente adentro de la casa. Mis devaneos nocturnos por la ciudad se convirtieron en rutina y mi llegada a la aldea en circunstancias deplorables también. Luego, como un ritual, ella me arrastraba adentro, escaleras arriba, me quitaba los zapatos, me acostaba en la cama y me curaba la resaca para estar listo y reincidir esa misma noche si era capaz de levantarme.

Antes fueron años muy prósperos, casados y felices, tuvimos un niño precioso y una tierra muy fecunda. Contraté trabajadores, todo era idílico y metódico. Pero el ser humano es caprichoso y sucumbí a una mujer, caí en la obsesión y perdí todo cuanto poseía. Ahora mi esposa esperaba nuestro segundo hijo pero las deudas nos embargaban, las tierras se habían muerto, todo estaba podrido, seco y cubierto por maleza y larvas. Ya no me quedaba ni un sólo campesino a mi cargo, hacía tiempo que me habían abandonado, mucho antes les había dejado de pagar.

Se llamaba Lucinda, tenía una tienda de cosas extrañas en un lugar recóndito de la ciudad, donde recibía a gente variopinta para fiestas exclusivas. Pero la conocí aquí, en mi propia parcela. Fue casi como una aparición en la madrugada, el sol pestañeaba, yo agachado excavaba pequeños hoyos para la siembra y unos zapatos blancos y brillantes se plantaron delante de mis narices. Levanté la cabeza y allí estaba ella, con un cabello rojo y endemoniado, guadaña en mano, la había cogido del suelo, gafas de sol y una sonrisa de payaso pintada en la boca. “¿Hay algún teléfono en este miserable pueblo con el que pueda hacer una llamada para que me vengan a recoger?” La acerqué yo. No volví a ser el mismo.

Me convertí en un alma nocturna, cometí todos los excesos que no había cometido en mi juventud. Era tan habitual en las fiestas de Lucinda que incluso entablé relaciones con personalidades de cierta relevancia social. Ella decía que yo era empresario, bueno, de hecho lo era. Me compré trajes caros, perfumes y un coche nuevo. Pero todo iba más allá, las fiestas eran desorbitadas, Lucinda era un demonio pensante, el centro de la disputa, el detonante de todas las locuras. Era mala persona y lo sabíamos. Nos tenía encapsulados. Yo que siempre había sido tan duro de personalidad llegué al punto de no tener mayor anhelo que el de conseguir ser el que más a solas estuviera con ella. Y en parte lo conseguí durante un tiempo. Lo descuidé todo, el ruido de mi mujer llorando encerrada en algún cuarto me provocaba tal rechazo que evitaba pasar el mayor tiempo posible en casa. La culpabilidad se sumaba ahora al miedo a afrontar la realidad que al eludir todas mis responsabilidades de trabajo me había dejado en una situación delicada e insostenible. Huí hacia adelante, con el cinismo que ella me inyectó, con el desprecio por el compromiso, con las ganas de saborearla hasta la última gota, tan sexy, tan atrevida, tan fugaz. Me sentí en una nube cuando me propuso ser mi acompañante en las fiestas de la aldea, la exhibí sin vacilar, esa noche troceó el recuerdo de otra gran noche, unos cuantos años antes. Podría haber muerto allí mismo y lo habría hecho con la elegancia del éxito. Solíamos apostar, sus propuestas eran endiabladas, sin embargo su eficacia era insolente. Nos acercamos a las verbenas, allí saludé al alcalde, ella lució su mejor sonrisa, más tarde se le ocurriría algo. Consiguió que se mojara encima un niño de doce años sin tocarlo, simplemente hablándole menos de cinco minutos. Luego, al haber ganado la apuesta me ordenó colarnos en la casa del alcalde y hacer el amor en la cama de matrimonio con la constante amenaza de que la pareja llegara en cualquier instante. Y en aquella inmejorable velada, el mundo y todos los astros del firmamento nos daban la espalda pero nosotros, borrachos hasta lo grotesco, brindamos por ellos igualmente.

Con el tiempo me había perdido en las entrañas de la miseria del hombre, de lo irreversible, del descalabro total. Dejé de verla, dejó de aparecer, mejor dicho. Cada vez era menor la dosis para un enfermo terminal como yo. Era demasiado tarde para desintoxicarme. Bajaba a la ciudad todas las noches sin encontrarla, vagabundeaba, me deseé la muerte. Pero quería matarla. Una madrugada, me recogió un tractor, su conductor al que seguramente le debía dinero, me reconoció pese a estar irreconocible. Iba envuelto en un disfraz de plástico, una colchoneta por dentro, era un caramelo andante, sólo los pies y la cabeza quedaban al descubierto. Me cargó en la pala del tractor y me descargó frente a mi casa. Allí, sudando el delirio, una fiebre inmensa, un calor grasiento, el sol imponente señalándome fue tapado por un rostro de odio y repugnancia. Era Dalmiro, el padre de mi esposa, gritaba, me escupía, me zarandeaba, sacó un cuchillo y lo clavó en el disfraz desinflándome. “Si no remontas el vuelo, hijo de puta, te cortaré las alas.”


. . . . .


¡Basta ya! No puedo seguir escuchando, maldita oreja. No puedo seguir oyendo todo esto. Me incorporo del todo, sin esfuerzo alguno. Consigo una posición vertical, parecida a la de estar de pie. Me desplazo por la habitación. En la esquina una nariz le cuchichea algo a un ojo, me freno. No puede ser. En la repisa de la ventana un mano gesticula ante un pie. Todos hablan de lo mismo. Alcanzo la puerta pero salgo a la misma habitación, es decir, vuelvo a entrar. No puede ser. Voy hasta la ventana, aparto el pie y la mano, la abro, y me introduzco por ella. Conduce hasta otra habitación. No puede ser ¡Es la misma! Observo la cama donde antes estaba tumbado. Sobre ella la otra oreja le habla al otro ojo. ¡Todos cuentan lo mismo! ¡Todos cuentan mi historia!

viernes, 30 de octubre de 2009

Hoy he vuelto a ver a Michael Caine

Vale, de acuerdo, no es Michael Caine pero en un concurso de parecidos, mezclado con el verdadero Caine entre todos los aspirantes, éste ganaría el premio. ¿Qué te parece? Me hubiera gustado que todo saliera de otra manera pero ahora ya es tarde. Se me hace verdaderamente complicado contar algo que no sé muy bien si de verdad va a ocurrir o ha ocurrido o cuántas veces he de escribirlo para que ocurra o si va a ocurrir de todas maneras aunque no lo escriba. ¿Te gustaría que hubiera una continuación? Pero eso ya no depende de ti. Dependió hace tiempo pero ahora ni tú ni yo tenemos la memoria suficiente para saber qué va a pasar una vez uses la llave. La determinación puede ser probablemente la más grande de todas las casualidades.

Sentado en la sala de espera de urgencias me vino Kris a la cabeza, precisamente al ver a Michael Caine sentado frente a mí. Kris trabaja en Los Ángeles, para Hollywood, quizás ella algún día conozca al auténtico, si es que no lo ha hecho ya. No como yo que me tengo que conformar con un sucedáneo, al que algún día quizás conozca, claro. Es la vulgar, fácil y simple historia de una pareja que se separa, ella es ingeniera de sonido y él es guionista. Ella quiso arriesgar y él no la acompañó. Desde entonces ella envía postales que él no contesta. A ella le va muy bien y yo tengo la papelera de reciclaje hasta arriba de borradores sin futuro, todos ellos despreciados e inacabados. Narcisismo elevado a infinito. El día a día de alguien que lo arruga, lo hace una bola y lo lanza a la basura. El guionista es el poeta del S.XXI, hemos tomado su relevo, desapareceremos como ellos. Nos moriremos de hambre y al no existir ninguno, tampoco existirá un guión para rodar una película decadente en nuestra memoria. Nadie nos recordará y sin embargo todo lo que sucedió un día fue gracias a nosotros.

Ya me es familiar, sé que lo he visto más veces pero no recuerdo cuantas ni en qué lugares han sido. Lleva una camisa a rayas moradas y blancas, no estoy seguro de si son moradas o marrones, es un morado muy marrón. O un marrón muy morado, según se mire, claro. Lleva vendados dos dedos de su mano izquierda, en la misma venda, juntos. “Jugando al baloncesto” he alcanzado a escuchar mientras hablaba por su teléfono móvil. Yo vengo por las rodillas, me duelen mucho. Michael se levanta y desaparece. ¿Han debido de llamarlo? Me hubiera gustado escuchar su nombre real, le hubiera puesto la coletilla “Caine”. De hecho, seguro que sus amigos y parientes lo deben llamar así. “Pepe Caine”, “Robi Caine”, “Toni Caine”.. como diablos sea.. La verdad es que mi sueño siempre ha sido encontrarme con algún actor de renombre y poderle entregar uno de mis fantásticos guiones.

Me llaman, me atienden, me hacen preguntas, pruebas, diagnostican y me recetan.
Es tan guapa esta doctora... Podría ser actriz. “Síguelo al pie de la letra” me dice. “Así lo haré” le respondo y me marcho. Salgo a la calle y mientras espero un taxi leo lo que me ha recetado. Para mi sorpresa no hay ningún medicamento y lo que hay escrito dice así: “Acude al Edificio Mozart y entrega este papel en la recepción, a cambio te darán la llave de un apartado de correos.” Me gustaría saber si alguna vez te has encontrado en una situación así y qué se te ha pasado por la cabeza. Yo he querido llegar hasta el final. En el Mozart no me ponen ninguna traba, es más, ni una sola pregunta al respecto. Eso sí, me indican que a la oficina a la que debo ir es el edificio principal. Titubeo, casi pregunto de qué se trata, para qué, por qué pero algo me frena. La receta no decía nada de preguntas y “al pie de la letra” es limitarse a lo escrito.

Cojo otro taxi y pienso que bien me podrían haber pagado los gastos de desplazamiento. No por ser un recado misterioso deja de costar dinero. Llego a Correos, observo desde fuera esa gran cúpula mientras me enciendo un cigarro. Podría ser el final de una película. Cine negro, tal vez. Por si acaso me detengo en un quiosco antes de entrar y compro una postal del edificio. Sí, es una postal para Kris. Esta vez soy yo el que cuenta su experiencia. Acabo resumiendo todo en una frase que espero le despierte curiosidad: “Hoy he vuelto a ver a Michael Caine”. Entro y empiezo a sudar, me suda la frente, me sudan las manos. La postal empieza a reblandecerse, a este paso se acabará corriendo la tinta. Así que decido enviarla antes que sea ilegible. Camino hasta el mostrador de envíos y allí está, en el mostrador 6 : “Michael Caine” Le doy la postal con cierto reparo, observo que sus dedos ya no están vendados, la coge, la lee y se ríe: “¿Otra vez?” y la lanza al cubo de la basura. Busco rápidamente la llave. Sudo tinta. Se me resbala pero al fin la logro enderezar entre mis dedos. Camino rápido de derecha a izquierda buscando el apartado veintitrés mil seiscientos veintisiete. Nervioso me repito el número con los labios acartonados, por fin lo encuentro. Meto la llave. El silencio es absoluto. El tiempo se ha parado. Hay un papel doblado dentro. Lo saco. Todos me miran. No quiero que me observen mientras lo leo. Salgo disparado a la calle, miro atrás, nadie me sigue. Un ciclista se empotra contra mí y todo vuela por los aires. Hasta la memoria.

martes, 20 de octubre de 2009

"Con el amor y la paz que resplandecía en sus ojos por vez primera supe que no habría otro camino"

...

J.M presenta:


“Hablando confuso con Clara”

Una producción de Hydra Gin and Breath Dog Society
para Puja Rat Studios




No os contaré como nos conocimos sino como nos empezamos a conocer.
No llevaríamos más de un mes viviendo juntos, bien dicho nos acabábamos de mudar pero la firma del caos ya estaba estampada en cada rincón, grieta o recoveco de aquella casa. La estampa del caos era la firma de Clara. Esa inconfundible marca que lo arrasaba todo y no dejaba al orden recuperarse. La fuerza excentrífuga e incontrolable. La leyenda de la indomable. Frenética, incansable, insegura, maniática, desproporcionadamente activa. En una de mis revelaciones etílicas debí pronunciar la frase “quiero que vivamos juntos” y desde entonces la resaca aún me dura.
Lo reconozco, soy un pésimo optimista. Optimista, sí, pero pésimo. El planteamiento suele ser interesante, incluso a veces razonable, la ilusión se me filtra por los poros y lo empaña todo. Me pongo ansioso ante la nueva idea, completamente seguro de que va a salir a la perfección hasta que se resbala. Soy ese tipo de tío que intenta salir confiado y chulesco del baño con la toalla enrollada y siempre se le cae. Y mientras me agacho a recogerla, en ese momento tan patético me vuelvo a preguntar: Si se trata de una birguería tan complicada, cómo es tan habitual esa escena en películas y anuncios, ya que de ser así retrasará los rodajes. Tendrán que repetir la secuencia una y otra vez hasta que al tipo no se le caiga. ¿Habrán llegado a utilizar un doble sólo para eso? Y de paso para marcar los músculos, claro. Quizás comenzaran utilizando al doble musculado y luego exigirían que fuera hábil con la toalla porque claro, si se tratara de un tipo muy vistoso pero que luego no supiera dar dos pasos con la toalla enroscada, no serviría de nada. ¿O tal vez soy yo ese uno entre cien de los que no saben mantener el tipo y la toalla a la vez? de ser cierta esa estadística, claro. ¿Habrá estadísticas para ese tipo de cosas? Yo creo que sí, supongo que sí, ahora ya hay estadísticas para todo.
Me disponía a darme una ducha cuando apareció todo este entramado diabólico de suposiciones y supersticiones. Me empiezo a dar cuenta de que su neurosis ha despertado a la mía. Ella está cada vez más presente. Ya no soy capaz de hacer casi nada sin cuestionarlo de antemano, sin prever las posibles consecuencias y sin apostar cuál será el resultado. Como dice ella: “Apuesta siempre al perdedor que alguna vez ganará.” Para entonces nos habremos arruinado, pienso yo.


Llamaron a la puerta. Directamente a la puerta. De forma insistente. Me extrañó. No la insistencia porque ese era el modo de llamar de Clara cuando clamaba histérica haber perdido las llaves que luego encontraba en otro bolso. Cosa que en un mes ya había ocurrido dos veces. Lo que me extrañó fue que de tratarse de ella, ya la estaría oyendo dramatizando tras la puerta, de ser un correo certificado debería haber sonado anteriormente el interfono y de tratarse de un vecino, tanta insistencia estaba fuera de lugar. Yo ya había salido hace rato de la ducha así que no valoré la posibilidad de que llevasen llamando rato a la puerta. Fue un timbrazo repentino y continuo. Eso acabó haciendo que me cortara al afeitarme. Me exalté y toalla en cintura y cuchilla en mano salí como siempre, osado y dispuesto. Opté por echar un vistazo: tras la mirilla, dos trajes oscuros y la luz apagada. Me repeiné con la mano, no sé porqué y abrí esperando una respuesta.


"Venimos de parte del Señor Barratxina a que usted pague lo que debe."


Eso fue lo que oí mientras dos tipos sin pedir permiso entraban al recibidor, oliendo a sudor. Uno tenía cara de ángel y el otro de diablo. Ángel, lo llamaré así, por sus ojos azules, sus ricitos dorados y su apariencia bondadosa y Diablo por viejo, bueno y porque el poco pelo que tenía mal engominado le producía un efecto similar al de dos pequeños cuernos negros. Rondaban los sesenta, quizás Ángel fuera más joven. Me dí cuenta que la toalla seguía en su sitio, así que intentando aparentar seguridad y ocultar mi sorpresa, hinché el pecho, apoyé el brazo izquierdo en la pared y pregunté:


- (Yo) ¿Es por el alquiler?
- (Diablo) Es por lo que debe.
- (Yo) ¿Y qué es lo que debo?
- (Diablo) Medio millón, ya lo sabe.
- (Yo) Medio millón, ¿de qué?
- (Ángel) Amigo, la toalla


La toalla se debió soltar al escuchar el “medio millón” pero del impacto ni me di cuenta. (Sí, de los dos impactos.) Me la volví a colocar. Diablo miraba dentro de un jarrón, no sé si por disimular en medio de la bochornosa escena o porque de verdad esperaba encontrar algo. Empecé a darme cuenta de que aquello no iba conmigo.


- (Yo) Me disculpan, voy a vestirme. Creo que se han equivocado de persona.
- (Ángel) Galvez, no tan rápido
- (Yo) Galves es el antiguo inquilino. Podrían haberse informado antes de irrumpir así. Me da igual que la dirección esté aún a su nombre. Galves hace más de un mes que no vive aquí. Se pueden marchar por donde han venido.


Casi no pude acabar la frase porque Diablo ya me había empujado contra la pared y me sujetaba fuerte pese a que yo no presentaba resistencia alguna. Se oyeron dos disparos de la televisión que nos sobresaltaron. Ángel, sofocado voceó al estilo de un profesor de Bachiller, pretendiendo hacerse de respetar: “¡De aquí no se va nadie!”
Me sentaron en el salón, me hicieron muchas preguntas, algunas repetidas. Creo que todas las respuestas que les daba cuadraban a mi favor pero insistían en dos puntos en los que no había manera de disuadirlos:


- (Ángel) Dígame el paradero de Galvez
- (Diablo) ¿Cuál es la combinación de la caja fuerte?


En la película un tipo duro le contaba a otro: "¿Sabes lo que dijo el indio cuando le preguntaron por qué él iba a caballo y su mujer andando?: ...Ella no tener caballo".
Me encendí un Caldo de Gallina, estaba horrible pero en casa no se podía fumar otra cosa, reglas de Clara, para dejar de fumar, decía: “Hará que aborrezcamos el tabaco”. Sin embargo ella no dejaba de fumar de aquello, se había acostumbrado y no quería admitirlo. “Cuanto más fume de esto, más lo aborreceré.” Yo les comentaba que en efecto, sabía de la existencia de esa caja fuerte empotrada dentro del armario del dormitorio pero no le había dado importancia hasta ese momento. Desconocía la combinación, esa era la verdad y la verdad (,) no colaba.




- (Diablo) Tenemos esperanzas de que el contenido de esa caja esté aún intacto. El día 27 unos compañeros lo asaltaron en esta misma casa y huyó.
- (Yo) Vaya... a eso se le llamo yo compañerismo...
De repente sonó mi teléfono móvil: “Clara llamando”. Me quedé algo bloqueado.
- (Diablo) ¿Quién es?
- (Yo) Mi novia
- (Diablo) Conteste a la llamada y hable con total normalidad
- (Yo) Quizás no sea buena idea...
- (Ángel) Por favor, haga lo que le cecimoz, cecimos (Ahí fue cuando me dí cuenta que Ángel ceceaba pero de una forma poco habitual.)
- (Diablo) ¡Y active el manos libres!
- (Yo) Ustedes mismos:
- (Yo) Dime
- (Clara) ¡Te llamo gratis! Que lo sepas, ¡te llamo gratis!
- (Diablo) Dile que te llame después (susurrando)
- (Clara) … es mejor con esta tarifa para las mañanas, para las tardes no pero si por ejemplo..
- (Yo) ¿Pero sabes cuantas tarifas tienes ya contratadas a la vez?
- (Clara) ..te llamase a la una, tendría que colgar y llamarte desde la otra tarifa simplemente marcando un prefijo que me han dado..
- (Yo) .. pero para qué..
- (Clara) .. porque es un descuento, ¡una promoción! Ya he cogido varias al vuelo, porque era el último día, es que no estás al tanto, hay que estar avispado, pero no te gusta informarte, ahora casi todo sale gratis..
- (Yo) .. ¡es que no entiendes que lo que para ti todo son descuentos para mí todo son gastos!
- (Clara) ¡tú sigue con tus tribulaciones y con tus amarguras que así seguro que no llegaremos a fin de mes! Pero a que no sabes dónde estoy, ¡no te puedes imaginar! Estoy en el super, pero no es eso, no , no es eso. ¡Me he fijado en la cesta de la compra de una monja! ¿A que no sabes lo que llevaba?
- (Yo) ¿Preservativos?
- (Clara) ¡No! ¡pero qué mal pensado eres!
- (Yo) .. vale, mira.. ahora..
- (Clara) ¡Pepinos! ¡Pepinos y berenjenas! ¡y de todos los tamaños!
- (Yo) Ya que estás ahí, ¿puedes comprar para hacer cocktail?
- (Clara) Por cierto, ¿dónde has dejado mi pelota antistress? La llevo siempre en el bolso y desde hace unos días no la veo, sé que le tienes manía a esa pelota... Para hacer cocktail, ¿qué cocktail?
- (Yo) El que yo tomo, el “Breath Dog” Ese que me preparo después de cenar..
- (Clara) ...y no me digas que la has metido dentro de una maceta como dijiste aquel día.. para que agarrasen mejor las raíces..
- (Yo) … pero si esa pelota te estresa más...
- (Clara) ¡El Breath Dog ni hablar!
- (Yo) … de todas maneras no la he cogido, la tendrás en otro bolso..
- (Clara) .. ¡eso que bebes es puro veneno!
- (Diablo) ¡Oye!
- (Clara) .. ¿No te das cuenta que cuando lo acercas a la radio provoca interferencias? ¡Es pura radiación líquida!
- (Ángel) Córtale, córtale..
- (Clara) … a partir de ahora vamos a encomendarnos a la comida sana, sabes, voy a comprar para hacer ensalada.. ahora iré al mercado central y cuando nos traigan...
- (Yo) ¡qué tendrá que ver la comida sana con tomar una copa!
- (Clara) .. he pedido la enciclopedia de la cocina saludable..
- (Yo) …además esa lechuga que compras parecen hojas de morera!
- (Clara) ¡Es que es morera!
- (Yo) joder, Clara, que no somos gusanos, con tu dieta equilibrada se nos va a poner cara de lombriz..
- (Diablo) ¡Que cierres! Cierra el teléfono..
- (Clara) ¿Con quién estás? He oído una voz, ¿quién está ahí contigo?
- (Yo) … a ver, ahora te llamo
- (Clara) ¿pero tienes gente en casa?


Yo miro completamente confundido a Diablo y este se resopla mientras se seca la frente con un pañuelo amarillento.


- (Ángel) Dile que somos del aire acondicionado...
- (Clara) … ¿estás ahí? ¿qué tienes montado en casa?
- (Yo) Es que me interrumpes, te iba a decir antes que han venido a instalar el aire acondicionado
- (Clara) ¿El aire acondicionado? ¡Yo no recuerdo haber contratado el aire acondicionado! ¿Tú has contratado el aire acondicionado?
- (Yo) Sí, ¿no te lo dije?
- (Clara) Yo no recuerdo que me dijeras que habías contratado el aire acondicionado
- (Yo) Bueno,pues sí, ¡he contratado el aire acondicionado! ¿Te parece mal?
- (Clara) Bueno, vale.. que lo instalen.. pero diles que con la condición de que sea acondicionado..
Ángel me hace un gesto con le brazo, agachando la cabeza
- (Yo) Corta el rollo, nena
- (Clara) ¿Corta el rollo nena?
- (Yo) … oye, tú no sabrás..
- (Clara) …qué pasa, ¿has vuelto a ver una de esas películas del oeste?
- (Yo) ¿tú has visto al fondo del todo del armario del dormitorio, detrás de una lámina de madera lo que hay?
- (Clara) … ah, hablando del dormitorio, ¿dónde se supone que van a colocar el aparato del aire acondicionado? ¿Dónde les has dicho que lo coloquen?
- (Yo) ¿Dónde quieres?
- (Clara) ¿Dónde les has dicho?
- (Yo) En el salón, pero si quieres en el dormitorio, en el dormitorio..
- (Clara) Mira.. te estás volviendo muy sedentario, con esas películas del oeste no me extraña que tengas calor y te entre la modorra...
Me aparté el móvil de la oreja y lo dejé en la encimera, me puse un vaso de agua fría y me mojé la cara.
- (Clara) …y ahora con el aire acondicionado no va a haber quien te saque de casa
- (Yo) Olvídate del aire acondicionado, mira..
- (Clara) ¡ya no hacemos cosas juntos! Sabes.. ayer por la tarde ví a dos jovencitos, una pareja de enamorados, porque se les veía que estaban enamorados, observando los dos el mapa de las paradas del autobús, esperándolo juntos, ella sonriendo, dejando caer su cabeza en el hombro de él, tan ilusionados.. parecía que estuvieran en el mostrador de una agencia de viajes..
- (Yo) ¡Clara escucha!
-(Clara) ...y nosotros tan fríos como dos esquimales..
- (Yo) .. dios, has recaído en la lectura de autoayuda..


Me dí cuenta de que habían desaparecido los entrañables instaladores del aire, entré en el dormitorio, en la puerta del armario habían pegado una nota: “Estamos en el bar de abajo, por favor, pregúntele a su novia si sabe la combinación de la caja o por el contrario tendremos que detonarla (a las dos)” y un poco más abajo, en letras más pequeñas puntualizaba: “y no de la tarde, precisamente” y abajo del todo, con una letra de párvulo: “y tampoco de la madrugada”.


Clara continuaba sola:

- (Clara) ...porque hay un ejercicio muy interesante que se puede hacer con figuras geométricas..
- (Yo) ¡Clara!
- (Clara) ¡Qué!
- (Yo) ¿Te acuerdas de la caja fuerte? Sabes, al fondo de todo del armario..
- (Clara) Ya ¿y? ¿Ahora qué importa la caja fuerte? Mira, Erich Fromm dice que..
- (Yo) ¿Erich Fromm sabe la combinación de la caja fuerte? ¡Pues no me interesa!
- (Clara) ¡Pero a mí sí!
- (Yo) Clara, es importante, ¿tú no sabrás la combinación de la caja fuerte, verdad?
- (Clara) ¡Si está abierta! ¿Para qué la quieres?
- (Yo) No está abierta
- (Clara) Pues recuerdo que la vi abierta, no sé, igual la cerré pero no recuerdo porqué.
- (Yo) ¿Y no recuerdas qué combinación pusiste al cerrarla?
- (Clara) No
- (Yo) Bueno... tenemos un problema..
- (Clara) ¡No! ¡tenemos muchos! Pero siempre pongo la misma clave a todo, a todo. Prueba con la fecha de tu cumpleaños..
- (Yo) ¿La fecha de mi cumpleaños?
- (Clara) Sí, ahora ya conoces mi truco para no olvidarme del día señalado, sabes tengo la cabeza llena de reglas nemotécnicas, así he conseguido almacenar información de manera...

De esa manera lo hice y efectivamente, se encendió una luz verde. Abrí la puerta y no había nada. Bueno sí, había algo. Una pelota de goma.

jueves, 17 de septiembre de 2009

"Una frugal colación"

Cuando vi aparecer en la pantalla de mi viejo móvil “1 Mensaje Recibido” me temí lo peor; llevaba varios intentos fallidos invitando a Amparo a cenar y pese a que en esta ocasión había surgido de ella la idea, la posibilidad de que a última hora se arrepintiera no era tan improbable. Pero no. El mensaje era de mi socio y tampoco llevaba consigo buenas noticias, textualmente decía: “El cocktail con los de Madrid se adelanta a hoy por petición expresa del director general ¿dónde demonios te metes? Será a las 19:35 en el Westin.”
Automáticamente telefoneé a Jal, mi socio, no daba crédito a semejante despropósito, le hablé sobre Amparo, le dije que había estado comprando vino, velas y croissants; él me tranquilizó: “lee el correo electrónico, parece que sólo va a ser un aperitivo, dice textualmente: “el cocktail será acompañado por una frugal colación” Si habéis quedado a las 21:30 no cambies nada, a las 21:00 calculo nos dejarán libres.” Aun así me daba un poco de rabia, tendría que acudir a la cita con traje de chaqueta aunque por momentos dejaba sobrevolar la débil esperanza de escaparme de allí en cuanto hubiera hecho un más que correcto acto de presencia, dejándome ver por todos y cada uno de los allí presentes. El acuerdo económico estaba cerrado, sólo había que estrechar unas cuantas manos, posar para alguna foto y reír alguna que otra broma sin gracia. “Una frugal colación”, el ágape de los ricos, tacañería exquisita y sería libre.
Llegué a menos veinte, Jal me esperaba en el recibidor fumando un cigarro, me dijo: “llegas tarde pero no pasa nada, Arturo está bailando en un rincón del salón, creo que ha llegado completamente borracho de una cata de vinos, oye... y velas ¿para qué?” - “Para echarle la cera hirviendo” respondí y sin más preámbulo me adentré en la sala dirigiéndome a ese insaciable prometedor de cosas sin cumplir, pez gordo, viejo rey follador, hueso duro de roer que ahora flaqueaba como un cartílago a punto de la fractura. Arturo, el director general del caos. Le hablé de cuatro cosas o cinco de las que no se acordaría de ninguna al día siguiente, eso era lo único malo; yo estaba más interesado que nunca en hacer valer mi presencia. Le pregunté sobre la cata de vinos, “he catado hasta a la catadora” fue su única respuesta, así que lo dejé agitándose al son de Dean Martin y me dispuse a continuar mi colonización de manos, apretándolas con las mismas ganas que tenía de abandonar toda aquella muchedumbre. De hecho no me explicaba como había tanta gente asociada, era un correcalles continuo, de idas y venidas de personas que en absoluto parecían involucradas en el evento, hubiera jurado que más de uno provenía de algún convite anexo al cocktail. Y de repente, al fin apareció mi salvoconducto en forma de “Gotas de gelatina disuelta en aceite de sésamo” así rezaba una jovencita camarera vestida de un blanco inmaculado, las llevaba en una bandeja de metacrilato, depositadas en cucharillas imitación al marfil, bien hubieran valido de lentillas para una fiesta nudista de disfraces, las hubiera sorbido todas con la intención de acelerar el festín pero con cuidadosa destreza probé una sintiéndome como un votante de un partido minoritario, aportando mi granito de arena y a la vez preguntándome si ya existía protocolo aplicable a la forma en la que se debía ingerir tal anécdota alimenticia.
20:00 “Mosaico de frutas confitadas al Burdeos”
20:10 “Ilustración de azafrán sobre láminas de arroz”
20:20 “Panal de tentáculos al vapor con escamas de miel”
20:30 “Solomillos de ancas de renacuajo aderezados con perfume de mar”
Jal me guiñó un ojo desde la barra.
20:45 “Archipiélago de medusas con crujientes de algas”
20:50 “Sinfonía de Syd barret sobre caparazón de galápago”
21:05 ”Sábanas de otoño tendidas en primavera”
21:10 “Felicidad encontrada”
Sí, así se llamaba, “Felicidad encontrada” pero yo no podía encontrarme peor, se me echaba el tiempo encima, tenía que actuar, pero a medida que habían ido trayendo los aperitivos el jolgorio se había ido apagando, la fiesta se había vuelto reunión y en algunos grupos se empezaban a escuchar murmullos discordantes, números, valoraciones, declaraciones, imposiciones y hasta insultos. Yo me había mantenido hasta el momento en un sector donde se hablaba de deporte y de medicina pero desde los solomillos de ancas de renacuajo Arturo no me quitaba el ojo, ahora con un gesto torcido y desafiante.
21:12 “Y ahora.... ¡Palomitas de anisakis flambeados en su propio jugo!” (Gritaba estridente y borracha la misma chica de blanco, ya salpicada por infinidad de sustancias) Esto empezaba a ser grotesco. De repente caí en la cuenta, saqué el móvil. “1 Mensaje Recibido” era Amparo, a las 21:00 “Ya salgo de casa, “cariño” ¿te acordarás de llevar la quiniela? Te odio.”
Tras leer el mensaje no lo dudé un instante, qué importaba quedar mal ¡si nos iba a tocar la quiniela! había que salir de allí como fuera ¿quién me iba a detener? Poco a poco iría acercándome a la puerta integrándome y desintegrándome de grupo en grupo hasta llegar al más cercano a la salida. Arturo estaba en la otra punta y me iría perdiendo de vista.
21:17 “Con todos ustedes: ¡Paté de páncreas de cervatillo con jarabe de para la tos!”
Definitivamente no tuve ninguna duda, dentro de un año compraríamos botes de témperas cada trimestre para alimentar a toda la familia. Ya estaba acercándome al último grupo.
21:20 “¡Manojo de nervios con brotes de monomanía!”
Palpé el bolsillo interior de la chaqueta, sí.. no la había olvidado, allí noté el suave crujido de las hojas de cerezo impresas por cuadrículas rojas en quiniela de fútbol; sonreí para mis adentros, estaba en el umbral, a punto de dar el paso definitivo, si lograba coger rápido un taxi llegaría a tiempo a la cita.
21:22 “¡Psicofonía de jadeos coitales!”
Me giré.. por última vez, observé la trágica escena, sólo la muchacha me dio algo de pena, llevaba ya rato dando vueltas con la bandeja vacía, nadie le hacía caso, el clima era tenso, estaban a punto de romper negociaciones. Ensimismados, ajenos a todo, no me veían, era invisible. Eché a andar, no había tiempo que perder. Pero lo perdí o más bien me lo hicieron perder y no lo volví a recuperar jamás. Al abrir la doble puerta que conducía escalera abajo me reprendieron con muy malas maneras tres mujeres de la limpieza, gritándome con desprecio: “¡Aquí se está fregando, vaya por la otra escalera!” Indignado me negué a caminar hasta la otra escalera y busqué los ascensores, apretaba y no se encendía ninguna luz, apretaba y apretaba continuamente con rabia hasta que me di la vuelta vencido en busca de la otra salida y por fin se abrieron las puertas. En el interior había gente muy extraña, pensé que pertenecerían a una convención de animadores socioculturales, estaba casi lleno del todo, unos decían “pasa.. pasa...” en tono de burla y otros gritaban gruñones “¡Está lleno!” pero a empujones entré, los que yo daba para encajarme y los que recibía para expulsarme. En mal momento entré porque viajamos hasta el Séptimo, donde iban todos aquellos payasos, disfrazados de épocas inconexas, de personajes mitológicos y dios sabe qué más...
Una vez llegamos al Séptimo me obligaron a salir porque todos ellos iban detrás, se me echaron encima y perdí el ascensor . Se cerró y no lo volví a ver más. Aparecí en un habitáculo de dimensiones considerables, más bien parecía el almacén del hotel, austero pero kilométrico, gritaban, bailaban, comían y hasta follaban. Me agarraron dos enanos, uno de cada brazo, con una fuerza increíble y me llevaron hasta una mesa repleta de comida. “¡Coma Señor, Coma!” gritaban con insistencia. “¡Pruebe nuestro cangrejo desnudo! ¡Vivo y desnudo!” Hasta que una gorda vestida de miriñaque que daba vueltas en espiral los sacó a bailar. Observé en una esquina a un turco abofeteando a su mujer, gritándole “Puja-Rat!” mientras ella de rodillas le hacía una felación. Me encontraba más lejos que nunca de salir de aquella confusión continua y la realidad es que no estaba a más de siete alturas de pisar el suelo otra vez, a mi cabeza venía el séptimo cielo, el séptimo sello, el séptimo arte, el séptimo de caballería, los siete pecados capitales ¡el séptimo infierno!... Saqué el móvil para hacer la llamada que nunca quise imaginar hacer pero todo se había alienado en mi contra, ¡lo habían conseguido! llegaría muy tarde, tal vez demasiado tarde. ¡Estaba apagado! lo intenté encender en repetidas ocasiones pero se había quedado sin batería. Cogí una copa de champán y me aproximé a una carroza en la que publicaban exultantes: “¡Estepa de ensaladilla Rusa!” Incrédulo observé una cordillera blanca de mayonesa con tropezones de todo tipo que se precipitaban como aludes hacia los bordes de la carroza. Niños de entre tres y seis años metían sus cabezas contra la blanda masa envistiendo como animales. Acto seguido una especie de predicador me pasó la mano por la espalda y colgándose de mi cuello me susurró al oído con un aliento incontestable, entregándome un papel: “tome hermano, una invitación para que visite Nuestra Plaza de Toros de Fideuá” Por un momento imaginé a esos niños entre fideos y sangre. Necesitaba fumar. Fui en busca de fuego para encenderme un cigarro cuando apareció un tractor arrastrando rastrojos: “¡Nuestras Castañas Asadas!” aún se podían ver las raíces de un castaño completamente quemado, aún humeante. Acerqué el cigarro a la corteza del árbol y ya no recuerdo nada más.


Me desperté dentro de una bañera de chocolate rodeado de viejos anarquistas que mojaban sus barbas y mientras se relamían, jugaban a las cartas, yo era la apuesta. Eché mano al bolsillo, saqué el móvil embarrado, lo limpié y lo conseguí encender, estos aparatos antiguos lo resisten todo, incluso se había recargado y efectivamente, en la pantalla se podía leer “1 Mensaje Recibido” era Amparo: “Ya no te odio. Nuestro extraño juego se ha acabado.”